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lunes, 2 de noviembre de 2015

The Assassin, (Hou Hsiao-Hsien, 2015)

El crisantemo y la espada
“The assassin”, la última realización del director taiwanés Hou Hsiao-Hsien, obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes de este año y es, en mi opinión, una obra maestra diga lo que diga Carlos Boyero en El País o escriba lo que escriba Oti Rodríguez Marchante en ABC.
La película comienza con un prólogo en blanco y negro, en formato de pantalla casi cuadrada, en el que se presenta al personaje protagonista para convertirse, a los pocos minutos, en una explosión de color, en formato panorámico.
Ambientada en China, en el siglo IX, narra la historia de Nie Yinniang que en su niñez fue entregada al cuidado de una monja perteneciente a una Orden cuya misión es adiestrar asesinas. Convertida en una experta en artes marciales, y dotada de extraordinarias habilidades para el asesinato, se le ordena que regrese a su antiguo hogar para matar a su primo, gobernador disidente de Weibo, una de las provincias de China.
Hay un tipo de cine asiático que hunde sus raíces en la cultura tradicional y que es muy difícil de valorar o disfrutar si nos atenemos a los cánones occidentales por los que, habitualmente, juzgamos el cine que vemos.
Esta disquisición es muy oportuna para aproximarnos al cine de Hou Hsiao-Hsien, un cine que arrastra la tradición de la ópera china, de su poesía tradicional y, sobre todo, de su pintura. 
Lo que se ha dado en llamar el “modo de representación”, es decir los códigos que utilizamos para representar una historia, es diferente en el caso de este director que utiliza un “modo de representación oriental”.
El director taiwanés tiene como referente principal el cine de Yasujiro Ozu. En alguna ocasión ha dicho que admira su rigor formal y el trasfondo filosófico de su obra.
Al igual que Ozu, Hou considera que los escenarios constituyen un elemento digno de contemplación y se integran con los personajes que entran y salen de ellos, «… lo que busco no es tanto que los espectadores comprendan ‘lo que ocurre’, como comunicar una atmósfera». Así pues, es coherente que para asegurarse de que espacio y personaje estén perfectamente integrados, las escenas se rueden en tomas largas y encuadres amplios, sin utilizar el plano/contraplano y con la ausencia casi total de primeros planos, es decir el tipo de puesta en escena que utilizaba Ozu.
La diferencia es que en Hou el plano no es fijo como lo era en Ozu, la cámara se desplaza como flotando por el escenario, corrigiendo y re-encuadrando, capturando a los personajes pero manteniéndose a distancia, de una manera serena y reflexiva, contemplativa, no intrusiva, una mirada que observa pero no juzga.
Hou mantiene el plano hasta el límite de lo soportable. Su duración supera ampliamente a todo lo rodado en Occidente e incluso supera a los de Kenji Mizoguchi (1898-1956), extraordinario director japonés uno de cuyos rasgos distintivos era la duración de los planos.
Además de los aspectos comentados hay otras soluciones de puesta en escena, habituales en el cine de Hou Hsiao-Hsien, que configuran la identidad cinematográfica de este director: las elipsis, el fuera de campo, los planos vacíos que puntúan el film, los pillow shot, los planos entre cortinas y velos que distorsionan la luz de las velas, las transiciones sonoras con fundidos a negro, etc.
Hou encuadra al milímetro lo que quiere que aparezca en pantalla y lo ilumina y fotografía de tal manera que el espectador asiste maravillado a una sucesión de planos que son, por sí mismos, auténticas obras de arte.
Las imágenes se acompañan con una magnífica banda sonora que incluye no sólo música tradicional sino también sonidos que enriquecen la narración: el rumor del viento entre las hojas, el canto de los pájaros, o el sonido seco de los golpes, de los cuchillos o de las espadas en una cinta en la que, por cierto, no vemos una gota de sangre a pesar de que ocurren unas cuantas muertes.

Para terminar, hay que hacer mención a la poderosa presencia de la actriz protagonista Shu Qi que recuerda a esos personajes, revestidos de aliento épico, de los westerns del maestro John Ford con el que el cine de Hou Hsiao-Hsien tiene mucho en común, de hecho el último plano de la película, sobre el que se sobre-impresionan los créditos finales, es un plano característico del western que bien podría haber firmado John Ford.

sábado, 18 de febrero de 2012

War Horse, (Steven Spielberg, 2011)


"War Horse", la última película de Steven Spielberg cuenta la historia de un caballo, Joey, desde su nacimiento hasta su participación en la Primera Guerra Mundial.
Sus 146 minutos pasan en un suspiro. La película nos atrapa desde la emoción, algo que no abunda en el cine actual más preocupado por la acción, basta con echar un vistazo a las películas más taquilleras y podemos ver claramente que las grandes producciones apuestan por la acción frenética y los efectos especiales cada vez más espectaculares.
Así pues, Spielberg apuesta por volver a un cine donde los personajes se mueven por emociones, donde los principios son importantes y vertebran las acciones de las personas. Seguramente se le acusará, como ya se ha hecho en otras ocasiones, de sentimentalismo fácil o directamente de “moñas”, pero los amantes del cine, sin duda, estarán agradecidos de poder ver una historia bien contada, bien rodada y que, además, despierta emociones en el espectador.
Spielberg utiliza, en esta película, todos los recursos del lenguaje cinematográfico clásico; desde la composición de los planos, su duración, la cámara casi invisible en las escenas de diálogos, la banda sonora muy cinematográfica, de John Williams, que acompaña la acción en cada momento, o la fotografía, de Janusz Kaminski, en tres calidades completamente diferentes pero adaptadas a la historia.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El árbol de la vida, (Terrence Malick, 2011)



Acudí a ver “El árbol de la vida”, la última película de Terrence Malick, con la mente abierta y el ánimo dispuesto. No quise leer nada sobre la película antes de verla (aunque sí que había visto las 4 películas que Malick ha realizado desde 1973 en que debutó con el largometraje “Malas tierras”). Así pues, me dispuse a poner mis cinco sentidos en lo que se proyectaba en pantalla…, y 138 largos minutos después, mientras pasaban los títulos de crédito, no pude por menos que admitir que me había aburrido, me había aburrido como no me aburría desde que, en mi infancia, en los calurosos veranos de un pueblecito de Teruel, mi bendita madre que en paz descanse, en lugar de dejarme ir a jugar a “indios y vaqueros” me obligaba a dormir la siesta, o cuando, también de niño, en la playa de Zarautz me obligaban a esperar dos horas, antes de bañarme, tras haber engullido un bocadillo de tortilla de patata, para que no se me “cortara la digestión”.
Me dediqué, entonces, a leer todo lo que pillé sobre la dichosa película: críticas en páginas de cine especializadas, blogs de cine prestigiosos, revistas especializadas, etc. ¡Joder! Resulta que es una obra maestra. ¡Mecagüendiez!, por lo visto, no había entendido absolutamente nada. Resulta que acababa de ver una obra maestra, una obra de arte…, y a mí me había parecido una auténtica castaña.
Con la tozudez que nos caracteriza a los maños, con la ingenuidad que, milagrosamente, todavía no he perdido, una Pepsi de 37,5 cl. y un paquete de cigarrillos marca Royal Crown sin empezar, decidí verla otra vez, eso sí, esta vez con más interés, en mi casa y con los cascos puestos para no perderme nada…, y 138 largos minutos después, mientras pasaban los títulos de crédito, no pude por menos que admitir que me había aburrido todavía más que la primera vez y además, para mi desconsuelo, no había sido capaz de ver ni un atisbo de obra de arte en lo que había visto a pesar de haber pasado una y otra vez las secuencias y planos que los críticos ponderaban como una creación maravillosa.
Como quiero ser lo más honesto posible, tengo que decir que la fotografía de Emmanuel Lubezki es una maravilla, pero claro, eso no es suficiente.