Acudí a ver “El árbol de la vida”, la última película de Terrence Malick, con la mente abierta y el ánimo dispuesto. No quise leer nada sobre la película antes de verla (aunque sí que había visto las 4 películas que Malick ha realizado desde 1973 en que debutó con el largometraje “Malas tierras”). Así pues, me dispuse a poner mis cinco sentidos en lo que se proyectaba en pantalla…, y 138 largos minutos después, mientras pasaban los títulos de crédito, no pude por menos que admitir que me había aburrido, me había aburrido como no me aburría desde que, en mi infancia, en los calurosos veranos de un pueblecito de Teruel, mi bendita madre que en paz descanse, en lugar de dejarme ir a jugar a “indios y vaqueros” me obligaba a dormir la siesta, o cuando, también de niño, en la playa de Zarautz me obligaban a esperar dos horas, antes de bañarme, tras haber engullido un bocadillo de tortilla de patata, para que no se me “cortara la digestión”.
Me dediqué, entonces, a leer todo lo que pillé sobre la dichosa película: críticas en páginas de cine especializadas, blogs de cine prestigiosos, revistas especializadas, etc. ¡Joder! Resulta que es una obra maestra. ¡Mecagüendiez!, por lo visto, no había entendido absolutamente nada. Resulta que acababa de ver una obra maestra, una obra de arte…, y a mí me había parecido una auténtica castaña.
Como quiero ser lo más honesto posible, tengo que decir que la fotografía de Emmanuel Lubezki es una maravilla, pero claro, eso no es suficiente.
