“El cine según Hitchcock” es un libro de culto entre los cinéfilos. Un libro sobre el llamado “Mago del suspense”, una personalidad única en el mundo del cine, uno de los primeros directores cuyo nombre aparecía antes del título de la película que en definitiva daba igual ya que era “una de Hitchcock”. Una personalidad genial que una vez dijo: «Nunca trabajes ni con niños, ni con animales ni con Charles Laughton».
A finales de los años 60 François Truffaut, crítico francés de Cahiers du Cinéma y director de cine que por entonces había realizado ya unas cuantas películas, realiza una entrevista a Alfred Hitchcock, a lo largo de varios días en los Estudios Universal, con una duración total de más de 50 horas, una entrevista que acabaría siendo la más famosa de la Historia del Cine.
En la citada entrevista, ambos directores recorren la filmografía del maestro inglés película a película. El libro es una auténtica delicia ya que se trata de una conversación entre dos cineastas apasionados por el cine. Truffaut sabe preguntar y Hitchcock no elude ningún tema y analiza sus películas con claridad y coherencia, con espíritu crítico y a la vez didáctico. Explica por qué hizo las cosas como las hizo, lo que hizo bien y sus errores (confiesa que fue un error, por ejemplo, el falso flashback de “Pánico en la escena” ya que dice que se puede jugar con el público pero nunca engañarle).
El maestro acaba impartiendo una auténtica clase magistral sobre el cine.
El formato de la entrevista, en orden cronológico, permite que el lector asista a un recorrido por la historia del cine y los sucesivos cambios que supuso el sonoro, el color, o el cinemascope, todo ello salpicado con comentarios sobre actores y actrices, anécdotas de los rodajes, o la manera de contar historias.
Truffaut se interesa por todos los aspectos de cada una de las películas, desde cómo surgió la idea original, la elaboración del guion o las decisiones que Hitchcock tomó durante el rodaje, su concepción de la puesta en escena o el método para crear suspense en las películas.
Desde su publicación, “El cine según Hitchcock” se ha reeditado docenas de veces en multitud de idiomas e incluso, en 2015, Kent Jones ha dirigido un documental titulado “Hitchcock / Truffaut” sobre su gestación e influencia posterior. En el documental aparecen famosos cineastas dando su opinión y explicando lo que supuso para ellos.
En 1979, un año antes del fallecimiento de Hitchcock, el American Film Institute le rindió un homenaje en el que François Truffaut en su intervención dijo: «En América lo llamáis “Hitch”, en Francia lo llamamos “Sr. Hitchcock”».
Jacques Audiard, el director de cine francés, autor de
excelentes películas como: “De latir mi corazón se ha parado” (2005), “Un
profeta” (2009) y “De óxido y hueso” (2012), ha realizado, en 2015, “Dheepan”,
una historia de refugiados que se hizo con la Palma de Oro en el Festival de
Cannes presidido, en esta ocasión, por los hermanos Cohen.
Sri Lanka, la anteriormente llamada Ceilán, es una pequeña
isla situada al sur de la India. En Sri Lanka se desarrolló una cruenta guerra
civil que comenzó en 1983 y se prolongó, ante la indiferencia del mundo entero,
hasta 2009, 26 años de guerra entre el ejército gubernamental y los llamados
“Tigres Tamiles”, soldados de la etnia tamil.
La película nos sitúa al final de esta guerra. Dheepan, es
un guerrillero tamil que ha perdido a todos sus compañeros en la última batalla
de una contienda que también se llevó a toda su familia. En un campo de
refugiados consigue que una mujer y una niña se hagan pasar por su familia y,
con los pasaportes de una familia muerta, emigrará a Francia para comenzar una
nueva vida.
Audiard estructura su película en tres actos, como en el
teatro clásico. El primer acto, que se desarrolla en Sri Lanka, nos sirve para
conocer a los protagonistas y su historia, la situación que han vivido y algunos
apuntes sobre el carácter de cada uno. Todo esto lo hace Audiard con una
economía de medios admirable y una eficacia comparable a la de los mejores
directores del Hollywood de los años 40. El primer acto dura ¡6 minutos!
En el segundo acto vemos a los protagonistas intentando
integrarse en el país que los ha acogido. El director se sirve de algunas
escenas cotidianas, cortas pero eficaces, para presentarnos los problemas que
les surgen; los conflictos escolares de la niña, la dificultad para encontrar
un trabajo digno, las diferencias culturales y religiosas o el idioma que lejos
de constituir una herramienta de comunicación se erige como una barrera,
(imprescindible ver la película en versión original ya que una gran parte está
rodada en tamil).
A partir de la mitad de la película y, desde luego en el
tercer acto, asistimos a una especie de remake de “Perros de paja”, película
dirigida, en 1971, por Sam Peckinpah.
Así pues, la primera parte de la película trata de las
consecuencias de la guerra, la segunda de la “integración” de los refugiados y
la tercera de la violencia.
Los protagonistas son actores no profesionales de etnia
tamil y más específicamente, el protagonista masculino, Antonythasan Jesuthasan
tiene una historia muy similar a la de Dheepan, él también fue un soldado tamil
que llegó a Francia a finales de los años 80.
Toda la película está rodada desde el punto de vista de los
tres protagonistas y su gran mérito, que lo es, por supuesto, de su director, y
seguramente lo que influyó de forma decisiva en el jurado de Cannes es que la
historia, la poderosa puesta en escena y las magníficas interpretaciones
consiguen que nos pongamos en el lugar de estos tres refugiados, que, a pesar
de las distancias culturales, religiosas, o de cualquier tipo, nos identifiquemos
con ellos y que durante la mayor parte de la película, olvidemos que los
actores están viviendo en una película y no en la vida real.
Me viene a la cabeza el inolvidable Atticus Finch, (Gregory
Peck), de “Matar un ruiseñor”. En una
maravillosa escena en la que mantiene un diálogo con su hija Scout, en el
porche de su casa, Scout le cuenta sus problemas en su primer día de colegio y
Aticcus le dice: “Si consigues aprender
una sola cosa, te llevarás mucho mejor con todos tus semejantes. Nunca llegarás
a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista”.
En la Europa de las vallas y las concertinas, los gases
lacrimógenos, las pelotas de goma y los niños ahogados en las playas, en la
Europa de las deportaciones, en la Europa de la vergüenza…, bienvenida sea esta
película sobre refugiados, una película excelente pero, sobre todo, necesaria,
porque…, “je suis Dheepan”.
Hubo un
tiempo en que el cine se veía pero también se leía.
Internet y
la extensa oferta audiovisual que nos asalta a diario lo ha cambiado todo; los
espacios dedicados a libros de cine, en las librerías generales, han ido
menguando hasta desaparecer y las librerías especializadas han ido cerrando una
tras otra hasta quedar reducidas a unas pocas, en unas pocas ciudades. La
oferta se limita, casi exclusivamente, a lo que las tiendas online nos ofrecen
desde la frialdad catódica de sus escaparates.
A pesar de
todo, me he animado a publicar una serie de artículos con reseñas de libros de
cine porque creo que el cine también se lee.
Nadie es perfecto
Hellmuth Karasek, Billy Wilder
Editorial: Grijalbo, 1993 / Mondadori, 2001
Págs.: 468 / 504
-Usted ha trabajado
para muchos grandes directores…
-No, no, yo sólo he
trabajado para dos grandes directores, para Von Sternberg y para Billy Wilder.
Marlene
Dietrich contestando a la pregunta de Peter Bogdanovich, en su libro “Picture Shows”.
Billy
Wilder (1906-2002), estuvo nominado al Oscar, doce veces como guionista y ocho
veces como director. Lo ganó tres veces en el apartado de guion y dos en el de
dirección. Es el autor de una veintena de obras memorables. Dirigió su última
película en 1981.
Billy Wilder es uno de los guionistas más brillantes que ha
dado el cine y uno de los directores más inteligentes de la historia. Ambas
características, la brillantez y la inteligencia constituyen la base de este
libro que recorre su vida y su obra. Wilder va salpicando el texto con
anécdotas de rodaje, opiniones sobre actores y directores y, en fin,
convirtiendo el libro en una auténtica crónica de la historia de Hollywood
desde sus comienzos hasta casi nuestros días.
El libro no
es una biografía en el sentido clásico del término. Se trata de una serie de
conversaciones entre Billy Wilder y Hellmuth Karasek (guionista, comediógrafo y
director del Instituto de Teatro de Hamburgo) que se complementan con algún
material biográfico, reflexiones sobre el cine, su método de trabajo, etc.
Lo que hace del libro una lectura imprescindible para todos
los que amamos el cine es la personalidad de Billy Wilder, un personaje agudo,
ácido, sardónico y perspicaz que dota a esta biografía de una cualidad casi
cinematográfica.
William Holden dijo que “su mente
estaba llena de hojas de afeitar”.
Fernando Trueba, cuando recogió el Oscar por “Belle Époque” dijo: “Quisiera creer en Dios para darle las
gracias, pero sólo creo en Billy Wilder. Gracias míster Wilder.”
Michel
Hazanavicius, cuando
recogió el Oscar por “The artist”, dijo: “Quiero dar las gracias a tres
personas. Gracias a Billy Wilder, gracias a
Billy Wilder y gracias a Billy Wilder”.
Ya hace tiempo que nos dejó Billy Wilder
y nadie ha sido capaz de ocupar su lugar, nadie hace las películas como las
hacía él.
“[…]
nadie tiene su talento para acercarse a la verdad a través de la mentira” (Gregorio Belinchón, El País, Enero de
1994).
En el libro, Wilde, cuenta que una de
las frases de Marilyn Monroe en “Con faldas y a lo loco” (Where is the Bourbon?) “tuve
que filmarla ochenta veces” a lo que Hellmuth Karasek apostilla: “En la última entrevista, que había leído de
él, habían sido 63 veces”.
Wilder tenía en su despacho un cartel en
el que se podía leer: “¿Cómo lo haría Lubitsch”. En el cine, viendo una
película, muchas veces me he preguntado: ¿Cómo la hubiera hecho Billy Wilder”.
¡Maldito febrero! Ha muerto Umberto Eco, filósofo, crítico literario, filólogo, experto en semiótica y escritor. Alcanzó la popularidad gracias a su novela “El nombre de la rosa” y su espléndida adaptación cinematográfica. Autor de una ingente obra, me gustaría recomendar dos tratados, uno sobre la belleza y otro sobre la fealdad, publicados en 2004 y 2011.
El mismo día fallecía Harper Lee, escritora que se hizo famosa por la novela “Matar un ruiseñor”, publicada en 1960, ganadora del premio Pulitzer y que sería adaptada al cine, dos años más tarde, por Robert Mulligan con Gregory Peck en el papel de Atticus Finch.
Pues bien, además de lo dicho, el día uno de este mes de febrero se cumplieron cincuenta años de la muerte de uno de los mayores genios que ha dado el cine en toda su historia: Buster Keaton.
Artista a la altura de Chaplin, (hay quien opina que está por encima de él), fue ignorado por crítica y público durante más de treinta años hasta que en 1960 recibió un Óscar Honorífico y en 1965 se le reivindicó con una retrospectiva en el Festival de Venecia.
Buster Keaton encadenó, en los años veinte, una serie de obras maestras que todo cinéfilo debería ver y estudiar.
Entre toda su obra nombraré: “La ley de la hospitalidad”, (1923); “El moderno Sherlock Holmes”, (1924); “Siete ocasiones”, (1925); “El maquinista de la General”, (1926) y “El héroe del río”, (1928).
“El maquinista de la General” se inspira en un hecho real y cuenta la historia de Johnnie Gray, maquinista del ferrocarril, enamorado de Annabelle Lee y de su locomotora “General”. Nos encontramos en Georgia, al sur de Estados Unidos, en el año 1861, justo en el momento en que estalla la Guerra de Secesión.
Durante una incursión de soldados del Norte, estos roban la locomotora de Johnnie Gray y de paso secuestran a su novia que estaba en el tren en ese momento.
La película cuenta la persecución de Johnnie Gray, a bordo de una locomotora, hasta territorio enemigo para recuperar a su novia y más tarde la huida hacia el sur perseguidos por los soldados de la Unión.
Todos los gags de la primera parte se repiten, amplificados e invertidos, en la segunda parte de tal manera que el público es presa de una sensación de anticipación cómica en un desarrollo de la narración que acaba trazando un arco dramático perfecto.
«En el ritmo de los efectos cómicos -afirmó Keaton- debe haber una precisión matemática, y ese ritmo es una ciencia cuya responsabilidad incumbe enteramente al director; montándose una película con la misma precisión de un mecanismo de relojería».
Este comentario de Keaton define su forma de ver la comedia, la rara perfección geométrica y matemática con que estructura los gags, su precisión y rigurosidad la aplica igualmente para conseguir que el ritmo del que habla vaya “in crescendo” asociando diferentes acciones con diferentes planos de forma consecutiva empezando por un plano general, luego un plano medio para terminar en un primer plano, cada uno de ellos con una duración perfectamente estudiada. En este caso, además, al narrar la película un viaje de ida y vuelta en tren, la puesta en escena está plagada de maravillosos travellings laterales y frontales que dinamizan el desarrollo de la acción.
“El maquinista de la General” fue una de las películas más caras de su época. Se contrataron cientos de extras, se fabricaron locomotoras de la época y se prescindió de efectos especiales y maquetas.
Por otro lado Buster Keaton no utilizó dobles y rodó personalmente todas las escenas, algunas de ellas de una alta exigencia física y considerable riesgo para su integridad.
El maquinista de la General fue votada como una de las diez mejores películas de la historia en las encuestas de Sight & Sound y en 1989, fue seleccionada para figurar entre los filmes dignos de conservarse en el United States National Film Registry.
Buster Keaton, “Cara de palo” o “Pamplinas” cuyo rasgo distintivo era la inexpresividad de su rostro, expresaba sus emociones únicamente a través de sus ojos.
Federico García Lorca escribió, en 1928, un guion cinematográfico surrealista dedicado a Keaton que tituló: “El paseo de Buster Keaton”.
Así describe el poeta los ojos del cómico:
“Infinitos y tristes, como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda… son de culo de vaso… de niño tonto… de avestruz… en el equilibrio seguro de la melancolía”
Bela Tarr, el director húngaro de “El caballo de Turín”, (2011),
ha declarado que se trata de su última película…, que no volverá a dirigir. Los
amantes del cine tenemos la esperanza de que reconsidere su decisión.
El cine de Bela Tarr ha sido sistemáticamente ignorado por
las distribuidoras y por tanto es prácticamente desconocido para el público. No
es cine comercial ni que haga ningún tipo de concesión hacia el espectador. Se
trata de un tipo de narración que renuncia al modo de representación
convencional pero que ha creado auténticas obras de arte como: “El hombre de
Londres” (2007), “La condena” (1988), “Las armonías de Werckmeister” (2000), o
la inmensa “Satantango” (1994) una obra maestra de siete horas y media de
duración.
“El caballo de Turín” se inspira en un episodio conocido de
la vida del filósofo Friedrich Nietzsche. Al parecer, durante uno de sus paseos,
se tropezó con un campesino que estaba fustigando a su caballo que se hallaba
uncido a un carro del que, el campesino, exigía al jamelgo que tirara.
Nietzsche se abrazó al cuello del caballo para impedir que el campesino le
siguiera pegando. Después de este incidente, el filósofo no volvería a hablar
en los siguientes 10 años, hasta el día de su muerte, con la única excepción de
una frase que le dijo a su madre dos días después de su encuentro con aquel
caballo: “¡Madre, soy idiota!).
La película comienza con la pantalla en negro y una voz que
nos narra este episodio. A continuación el film arranca con uno de los
planos-secuencia más bellos y desoladores de la historia del cine.
La cinta nos muestra la vida cotidiana del campesino, su
hija y el caballo, aislados en una cabaña en medio de un páramo desértico
azotado por un viento inmisericorde.
Bela Tarr divide los casi 150 minutos de duración de la
película en seis días o seis capítulos, los mismos que la Biblia dice que tardó
Dios en crear el mundo. El mismo Dios del que diría Nietzsche: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y
nosotros lo hemos matado”.
A lo largo de los seis días asistimos a las rutinas
domésticas de los protagonistas repetidas día tras día, sin apenas diálogos, en
un maravilloso blanco y negro que potencia el hiperrealismo del entorno y en
apenas 30 planos con una docena de planos-secuencia que deberían estar en un
museo, al igual que toda la obra de Bela Tarr.
El director encuadra y reencuadra, utiliza el fuera de
campo como nadie y renuncia al plano/contraplano en una puesta en escena que
potencia el realismo descarnado de las acciones de los personajes. Importa
mucho menos el argumento que la aproximación a estos personajes mediante la
observación minuciosa, casi obsesiva de sus acciones y de sus gestos.
La banda sonora repetitiva compuesta por una pieza de
órgano y cuerda, creación de un colaborador habitual del director, Mihály Vig
constituye un elemento sustancial junto a la bellísima y dura fotografía en
blanco y negro de otro colaborador habitual, Fred Keleman. Estos dos elementos
junto con una puesta en escena cuyo pilar fundamental es el plano-secuencia
confieren a las imágenes de “El caballo de Turín” una cualidad hipnótica
absolutamente única.
Vivimos en un momento en el que el plano-secuencia (incluso
el falso plano-secuencia) se asocia con la virtuosidad. Es decir, parece que
todo plano-secuencia por el mero hecho de serlo es una maravilla y cuanto más dure,
mejor es. Esta especie de moda me recuerda la irrupción del zoom en los años 60/70
que infectó a la mayoría de películas hechas en la época incluso por
reconocidos directores de gran talento.
Dentro de algunos años, muchos de estos planos-secuencia nos
chirriarán como nos chirrían ahora los disparatados zooms que se pusieron de
moda en los años 60/70. En este sentido conviene citar al maestro Sir Alfred
Hitchcock cuando se refería a su película “La soga” como un ejercicio ampuloso
y falso por haberlo rodado en un único plano.
El plano-secuencia debe estar justificado, debe ser
coherente con la narración, y, sobre todo, no debe imponerse a la historia sino
ayudar a contarla.
El primer plano-secuencia de “El caballo de Turín” dura
algo más de 4 minutos y acaba con un fundido en negro. El campesino
protagonista de la cinta conduce un carro de madera tirado por un caballo a
través de un paraje donde la bruma y el viento condicionan un entorno casi
post-apocalíptico. La cámara en plano general y con un travelling lateral, de
derecha a izquierda, sigue al carruaje, se acerca al hombre, luego al animal,
luego se desplaza con elegancia hasta tomar al caballo desde un plano frontal,
todavía en travelling y en contrapicado para alejarse después, otra vez en
travelling lateral y plano general mientras el carro atraviesa una zona de
bruma en la que apenas lo intuimos. El director nos presenta a tres de los protagonistas:
el campesino, el caballo y el entorno hostil y nos dice que los tres son igual
de importantes, y están unidos por el mismo destino inexorable.
Y justo aquí podemos apreciar la diferencia con tantos y
tantos planos-secuencia de muchos directores que pueden estar perfectamente
rodados pero no aportan nada a la narración.
Si el arranque es una maravilla, el final no lo es menos. La
película termina con un plano medio, fijo, que se abre lentamente desde la
pantalla en negro y encuadra a padre e hija sentados a la mesa. Un plano que
transmite la soledad y la desesperanza de un mundo sin Dios. El plano se cierra,
tres minutos después, con un elegantísimo fundido en negro. Un plano que es una
obra de arte en sí mismo como muchos otros de la película y que deja sobrecogido
al espectador con una sensación de angustia existencial difícil de explicar o
de entender desde la comodidad de la butaca.
Una obra de arte, una obra maestra en treinta planos.
“Nightcrawler” me parece una de las mejores y más
interesantes películas que nos ha traído 2015.
Se trata del primer largometraje de su director, Dan Gilroy, un californiano de 56 años, casado con Rene Russo desde 1992. Gilroy
había hecho algunos trabajos de guionista pero nunca había dirigido. En “Nightcrawler”,
además, ha escrito el estupendo guion original que fue nominado al Oscar en el
apartado de “Mejor guion original” y que acabaría ganando “Birdman”.
La película tiene dos lecturas; por un lado es una crítica
durísima sobre la ética, o la falta de ella, de los medios de comunicación y
por extensión sobre la ética, o la falta de ella, de nuestra sociedad que elabora
productos deleznables desde un punto de vista moral pero que, desgraciadamente,
son los más demandados por la población, los que suben los índices de audiencia
en las televisiones.
La segunda lectura de la película se puede hacer tomando
como referencia a su protagonista, Louis Bloom (Jake Gyllenhaal), un psicópata
que encuentra en el mundo de los cazadores de sucesos y la venta de imágenes a
la televisión un territorio ideal para desarrollar sus aptitudes. A lo largo de
la película no se produce ninguna evolución del personaje pero el interés se
mantiene en función de una pregunta: ¿Hasta dónde será capaz de llegar?
La película se sustenta en tres pilares:
-El trabajo de Jake
Gyllenhaal
-El guion de Dan Gilroy
-La fotografía de
Robert Elswit
Louis Bloom es el protagonista absoluto de la película al
que Gilroy rodea de personajes secundarios, hasta cierto punto, arquetípicos en
el mundo del periodismo, y sobre todo de las cadenas de televisión estadounidenses
donde la guerra por los índices de audiencia es despiadada. La interpretación de
Jake Gyllenhaal es, posiblemente, la mejor que ha hecho hasta el momento (y las
tiene muy buenas). No se limita únicamente a las expresiones del rostro sino
que desarrolla un conjunto complejo de gestos y movimientos que dotan a su
personaje de características tangibles que aportan verosimilitud al personaje.
El actor camina, habla, gesticula, mira, grita o sonríe y es, inequívocamente,
Louis Bloom por la gracia del cambio físico que experimenta Jake Gyllenhaal
para insuflar de vida a su personaje. Me parece una injusticia que no fuera
nominado al Óscar, un hecho más sangrante todavía teniendo en cuenta que
Bradley Cooper sí estuvo nominado por “El francotirador”.
“Nigthcrawler” se construye sobre un excelente guion
plagado de diálogos originales y potentes. Hasta tal punto son buenos que Jake
Gyllenhaal ha confesado que los dijo palabra por palabra teniendo cuidado de no
cambiar ni una coma. En muchas ocasiones, el protagonista recita párrafos
extraídos de los cursos de gestión, de formación de emprendedores, de trabajo
en equipo o de superación personal que las organizaciones lanzan sobre sus
empleados con un empeño digno de mejor causa.
Rodada en su integridad en la ciudad de Los Ángeles y en su
mayor parte de noche, la película se beneficia de un formidable trabajo de
fotografía que firma Robert Elswit, el fotógrafo favorito de Paul Thomas
Anderson que, con su cámara digital Arri Alexa, consigue captar a la perfección
las luces de la noche y aporta, a la película, una rara cualidad estética que
sirve de soporte a los abominables sucesos que acontecen en las entrañas de una
ciudad sin alma y sin posibilidad de redención, poblada por miserables criaturas
e infortunados personajes. En este sentido, hay que mencionar el final del film,
a la vez sorprendente y desolador.
“Nightcrawler” es un crudo retrato sobre nosotros mismos que
invita a reflexionar sobre la degradación de la sociedad y nuestra connivencia
con ciertas prácticas, desprovistas de cualquier tipo de ética, que son las que
colocan en los primeros lugares de los índices de audiencia a determinados
formatos televisivos. Deberíamos ser conscientes de la responsabilidad que
tenemos como consumidores de estos productos.
La famosa sentencia de Godard: “Todo travelling es una cuestión moral” estaba aludiendo a la
responsabilidad del cineasta a la hora de decidir qué debía o no debía mostrar
y cómo debía mostrarlo. Gilroy nos muestra las acciones de sus personajes sin
emitir ningún juicio sobre ellos ni recrearse en lo abyecto de sus motivaciones,
parece decirnos: “Estos son los hechos y
suyas las conclusiones”.
Diciembre es el mes de las listas. Aunque soy de los que
piensan que es muy injusto establecer un ranking en el mundo del arte o decidir
si esta película es mejor o peor que otra, debo reconocer que… ¡me encantan las
listas!
Así pues, he echado un vistazo a los estrenos del último
año para elegir una película que reseñar de entre todas las que he visto.
Al final no he elegido “la mejor”, he elegido “la más
interesante”.
"It Follows" es el segundo largometraje de su director David Robert Mitchell que también es el autor del guion. Es una película de terror.
El terror es el género cinematográfico en el que la puesta
en escena y la música tienen más incidencia en el resultado final. El encuadre,
los movimientos de cámara y los objetivos que se usan, el uso de la Steadycam,
(te añoramos Kubrick), los puntos de vista, los ángulos y la duración de los
planos, tienen una relevancia muy superior a la que tienen en cualquier otro
género. Y lo mismo ocurre con la música.
Más allá de algunas interpretaciones que se han hecho de
esta película; algunas acertadas, (aquellas que entienden la película como una
metáfora de la transición de la adolescencia a la edad adulta), y otras
disparatadas, (aquellas que dicen que es una diatriba conservadora sobre la
práctica del sexo de forma “precoz” o incluso aquellas que la interpretan como
una metáfora, una más, del SIDA), más allá, digo, de interpretaciones
simbólicas lo que me parece más interesante es cómo está rodada y de qué forma
influye la forma de rodar sobre el espectador.
La película tiene uno de los arranques más impactantes,
efectivos y mejor rodados que se han visto en mucho tiempo.
Se trata de un plano general de larga duración, rodado a la
altura de los ojos, que hace una panorámica de 360º sobre una urbanización
típica americana donde vemos a una joven correr de un lado para otro vestida
con ropa interior y zapatos de tacón.
La cámara sigue a la chica pero también hace una panorámica
alrededor para que veamos lo que hay o lo que no hay…, o lo que no vemos
nosotros.
Es una secuencia magistral que, además de situarnos en el
escenario geográfico de la película, consigue transmitir al espectador una
sensación de amenaza que se mantendrá durante todo el metraje. Este mismo
movimiento de cámara se repetirá en varias ocasiones y el espectador, cada vez
que comienza el movimiento de la cámara, evocará la misma sensación de amenaza
que sintió la primera vez.
Hay tres aspectos más que me gustaría comentar. Por una parte
el uso del punto de vista. En ocasiones “vemos” las acciones a través de la
mirada de la protagonista y en otras ocasiones no. Este hecho permite al
director jugar con lo que se ve y lo que no se ve, en definitiva lo que está y
lo que no está, lo presente y lo ausente…, y establecer un clima de paranoia
que afecta en diferente grado a los protagonistas y también al espectador que,
a veces, no sabe si ha visto lo que parece que ha visto o no, o si lo que ha
visto es real o no.
Por otra parte es de destacar el uso que se hace de la
profundidad de campo, un uso absolutamente funcional. La amenaza, en
ocasiones, la intuimos en un segundo plano y avanza hacia nosotros sin salirse
de foco en ningún momento. Esta capacidad de centrar la atención del espectador
mediante el foco y la profundidad de campo no es habitual en el cine de terror
moderno.
Por último me gustaría llamar la atención sobre una de las
mejores elipsis que he visto desde hace tiempo. Se trata de la escena en que la
protagonista se quita la ropa, en la playa, para nadar hacia una barca en la
que hay varios jóvenes.
Es necesario destacar la interpretación de Maika Monroe en su
papel de Jay, que sabe dotar al personaje de esa sensación de impotencia y
desesperación, de vulnerabilidad, de estar condenada a un destino inevitable,
sin recurrir a los gritos e histrionismos a que nos tienen acostumbrados las
heroínas adolescentes de las películas de terror.
Tomás Fernández Valentí se refiere a la protagonista como
“la heroína descalza. Es cierto, este excelente crítico repara en este
detalle; la protagonista huye, casi siempre, descalza lo que refuerza, en el
espectador, el sentimiento de desvalimiento de Jay y facilita la empatía que
sentimos hacia ella.
La música está compuesta por Disasterpeace, casi
exclusivamente con sintetizadores, y es un ejemplo de cómo la música puede ser
una parte muy importante de una película de terror sin limitarse a producir
sustos.
Desgraciadamente la película tiene algunas inconsistencias
de guion que aunque no son graves, impiden que la cinta sea una obra maestra
absoluta.
Quentin
Tarantino ha dicho:
«Tenía uno de los
mejores argumentos que he visto en una película de terror desde hacía muchísimo
tiempo. Es uno de esos filmes que es tan bueno, que molesta que no sea genial».
En la mayor parte de la crítica cinematográfica encontramos
más información sobre el autor de la misma, y muchas veces sobre el tamaño de
su ego, que sobre la película que se analiza.
No estoy en contra de este tipo de enfoque, (que es más
opinión que análisis), pero tenemos que ser conscientes de que, por este camino,
volvemos al siglo XIX, cuando la valoración de las obras de arte se hacía en
función del “gusto” del crítico y por tanto se daba por sentado que los
críticos eran personas con un gusto más desarrollado, exquisito, o que el
público no tenía un gusto propio y había que “guiarlo” para que fuera capaz de
apreciar los complejos cánones que regían la valoración de las obras de arte.
Por mi parte siempre intento incluir en mis escritos más
elementos de análisis que de opinión pero, hoy es distinto ya que…, “esto no es
una crítica”.
Todas las semanas procuro revisar alguna de las grandes
películas que nos ha dado el cine y cada cierto tiempo vuelvo a aquellas que
considero que son la medida de todas. Aquellas que me sirven para calibrar el
sentido cinematográfico, si es que algo así existe, películas-diapasón que son
puro cine y por tanto todas las demás se miden teniéndolas como referencia.
Hago esto para no perder la perspectiva con respecto a las películas
que se van estrenando de tal manera que películas mediocres me acaban
pareciendo excelentes, seguramente, debido a que las 20 anteriores que he visto
eran muy malas.
Una de las películas a las que recurro más a menudo es “El
espíritu de la colmena” (1973). Dirigida por Víctor Erice, coescrita con Ángel
Fernández Santos, con la maravillosa fotografía de Luis Cuadrado y
protagonizada de forma mágica por Ana Torrent cuando tenía siete años.
Víctor Erice ha dirigido, en cuarenta y dos años, algún “sketch”
una película y media (la media película es “El sur”), y un documental (“El sol
del membrillo”). Todas ellas, obras maestras. Víctor Erice es la perfecta
definición de un genio.
Sobre “El espíritu de la colmena” se ha escrito y dicho
todo lo que hay que decir. Se han hecho estudios universitarios, desmenuzado cada
escena y cada plano, se han escrito libros, se han desarrollado teorías sobre
su simbolismo o sobre su meta-texto. Se ha analizado desde el punto de vista de
la filosofía, la sociología, la política, la semiótica, las bellas artes y,
desde luego, la teoría cinematográfica.
No voy a intentar aportar algo nuevo. Por una vez,
permítame el lector que, simplemente, exprese mi sentimiento de admiración por
una película que supuso para mí un antes y un después en mi manera de ver el
cine.
«… Dice Víctor
Erice que el mejor cine que ha filmado está encerrado en unos pocos segundos,
los de una toma, luego dividida en dos planos por el montaje. Es aquella que
atrapa en vivo la reacción espontánea de la niña Ana Torrent cuando contempló
por primera vez la escena del “Frankenstein”·de James Whale que desencadena la
fábula del filme. Es un primer plano no previsto en la escritura del guion ni
más tarde provocado o sugerido por la preparación de la filmación. […] La
cámara se topó de bruces con algo que no esperaba, una de las más puras
erupciones del milagro del asombro de que hay noticia, la que expulsó, con la
elocuencia de sus ojos enormes absortos y boquiabiertos, de su turbación ante
lo que veía en la pantalla la niña Ana. […]Luis Cuadrado disparó la cámara y
atrapó al vuelo uno de los más hermosos instantes del cine, hecho con un brote
de realidad robada a la vida.» (Ángel
Fernández Santos; El País, Agosto de 1983).
Hay más verdad y más cine en ese plano de Ana que en todas
las películas que he visto antes y después.
Hay películas que le dan la razón a Baudelaire y su opinión
sobre la crítica: “Para ser justa, es
decir, para tener su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada,
política; esto es: debe adoptar un punto de vista exclusivo, pero un punto de
vista exclusivo que abra al máximo los horizontes” (Charles Baudelaire, Salones
de 1846).
Soy consciente de la contradicción entre lo que dije al
principio y lo que pensaba Baudelaire pero claro…, “esto no es una crítica”…,
es una declaración de amor.
“The assassin”, la última realización del director taiwanés
Hou Hsiao-Hsien, obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes
de este año y es, en mi opinión, una obra maestra diga lo que diga Carlos
Boyero en El País o escriba lo que escriba Oti Rodríguez Marchante en ABC.
La película comienza con un prólogo en blanco y negro, en
formato de pantalla casi cuadrada, en el que se presenta al personaje
protagonista para convertirse, a los pocos minutos, en una explosión de color,
en formato panorámico.
Ambientada en China, en el siglo IX, narra la historia de
Nie Yinniang que en su niñez fue entregada al cuidado de una monja
perteneciente a una Orden cuya misión es adiestrar asesinas. Convertida en una
experta en artes marciales, y dotada de extraordinarias habilidades para el
asesinato, se le ordena que regrese a su antiguo hogar para matar a su primo,
gobernador disidente de Weibo, una de las provincias de China.
Hay un tipo de cine asiático que hunde sus raíces en la
cultura tradicional y que es muy difícil de valorar o disfrutar si nos atenemos a los
cánones occidentales por los que, habitualmente, juzgamos el cine que vemos.
Esta disquisición es muy oportuna para aproximarnos al cine
de Hou Hsiao-Hsien, un cine que arrastra la tradición de la ópera china, de su
poesía tradicional y, sobre todo, de su pintura.
Lo que se ha dado en llamar el
“modo de representación”, es decir los códigos que utilizamos para representar
una historia, es diferente en el caso de este director que utiliza un “modo de
representación oriental”.
El director taiwanés tiene como referente principal el cine
de Yasujiro Ozu. En alguna ocasión ha dicho que admira su rigor formal y el
trasfondo filosófico de su obra.
Al igual que Ozu, Hou considera que los escenarios
constituyen un elemento digno de contemplación y se integran con los personajes
que entran y salen de ellos, «… lo que
busco no es tanto que los espectadores comprendan ‘lo que ocurre’, como
comunicar una atmósfera». Así pues, es coherente que para asegurarse de que
espacio y personaje estén perfectamente integrados, las escenas se rueden en
tomas largas y encuadres amplios, sin utilizar el plano/contraplano y con la
ausencia casi total de primeros planos, es decir el tipo de puesta en escena
que utilizaba Ozu.
La diferencia es que en Hou el plano no es fijo como lo era
en Ozu, la cámara se desplaza como flotando por el escenario, corrigiendo y
re-encuadrando, capturando a los personajes pero manteniéndose a distancia, de
una manera serena y reflexiva, contemplativa, no intrusiva, una mirada que
observa pero no juzga.
Hou mantiene el plano hasta el límite de lo soportable. Su
duración supera ampliamente a todo lo rodado en Occidente e incluso supera a
los de Kenji Mizoguchi (1898-1956), extraordinario director japonés uno de
cuyos rasgos distintivos era la duración de los planos.
Además de los aspectos comentados hay otras soluciones de
puesta en escena, habituales en el cine de Hou Hsiao-Hsien, que configuran la
identidad cinematográfica de este director: las elipsis, el fuera de campo, los
planos vacíos que puntúan el film, los pillow shot, los planos entre cortinas y
velos que distorsionan la luz de las velas, las transiciones sonoras con
fundidos a negro, etc.
Hou encuadra al milímetro lo que quiere que aparezca en
pantalla y lo ilumina y fotografía de tal manera que el espectador asiste maravillado
a una sucesión de planos que son, por sí mismos, auténticas obras de arte.
Las imágenes se acompañan con una magnífica banda sonora
que incluye no sólo música tradicional sino también sonidos que enriquecen la
narración: el rumor del viento entre las hojas, el canto de los pájaros, o el
sonido seco de los golpes, de los cuchillos o de las espadas en una cinta en la
que, por cierto, no vemos una gota de sangre a pesar de que ocurren unas
cuantas muertes.
Para terminar, hay que hacer mención a la poderosa
presencia de la actriz protagonista Shu Qi que recuerda a esos personajes,
revestidos de aliento épico, de los westerns del maestro John Ford con el que
el cine de Hou Hsiao-Hsien tiene mucho en común, de hecho el último plano de la
película, sobre el que se sobre-impresionan los créditos finales, es un plano
característico del western que bien podría haber firmado John Ford.
Con “Byzantium”
(2012) Neil Jordan vuelve al tema del vampirismo dieciocho años después de
dirigir “Entrevista con el vampiro”
(1994). El film adapta una obra de teatro titulada “A vampire story” cuya
autora, Moira Buffini, ha escrito, también, el guion para la película.
Director irlandés nacido en 1950, Jordan, es un caso
atípico dentro del panorama actual del cine. Realizador irregular y que ha
incurrido en algunas equivocaciones, a pesar de todo, es uno de los talentos
más interesantes y personales del cine que ha conseguido mantenerse fiel a sí
mismo, a pesar de la presión de la industria y de la crítica, y nos ha dado
algunas películas magníficas como: “En
compañía de lobos” (1984), “Mona Lisa”
(1986), “Amor a una extraña” (1991), “Juego de lágrimas” (1992), “Entrevista con el vampiro” (1994), “Michael Collins” (1996), “El buen ladrón” (2002) y “La extraña que hay en ti” (2007).
Neil Jordan, cuyo talento está a la altura de otros
directores de su generación como David Lynch o David Cronenberg, ha sido
injustamente olvidado o menospreciado por crítica y público.
He leído, hace poco, un artículo de Tomás Fernández Valenti
que hablaba sobre “Los otros” y que decía (a mi entender con gran perspicacia)
que Amenábar hacía buenos productos pero no buenas películas. Es posible que a
Neil Jordan le pase lo contrario y de ahí el ostracismo al que se ve sometido.
El cine de Neil Jordan se mueve entre el naturalismo y lo
fantástico en una suerte de “realismo mágico” que parece de otro tiempo y otro
lugar. Lo mismo que les sucede a las dos protagonistas de Byzantium.
Byzantium cuenta la historia de Eleanor y Clara, (Saoirse
Ronan y Gemma Arterton), dos vampiresas de 200 años de existencia. La narración
transcurre en la época actual e intercala algunos flashbacks que se desarrollan
a principios del siglo XIX.
Desde la primera secuencia se crea la atmósfera y el tono
de toda la película: partiendo de la pantalla en negro la imagen se va
iluminando conforme la cámara avanza por un pasillo hasta entrar en una
habitación en la que Eleanor escribe un diario mientras su voz en off nos
sumerge en una historia de amor, sangre e inmortalidad: “Mi historia no puede ser contada. La escribo una y otra vez donde
quiera que encontremos refugio, escribo sobre lo que no puedo hablar, la
verdad. Escribo todo lo que sé de ella y luego lanzó las páginas al viento. Tal
vez los pájaros puedan leerla”.
La película terminará con un fundido a negro y la voz en
off de Eleanor: “Soy Eleanor Webb, lanzo
mi historia al viento y nunca volveré a contarla. Empieza otra”. Se cierra,
así, de manera circular y bellísima una película inolvidable.
La exquisita puesta en escena es utilizada para ayudar a
contar la historia en lugar de usarla para construir un producto comercial que
consiga el favor del público por la vía de la sorpresa o la espectacularidad.
Como ejemplo basta observar cómo filma la relación entre
Eleanor y Frank (Caleb Landry Jones).
Al principio, cuando se están conociendo, los filma en
plano / contraplano y cuando aparecen los dos en el mismo plano uno aparece en
foco y el otro desenfocado o uno sentado y el otro de pie. En la escena que
supondrá un cambio en la relación de los dos, la cámara hace un elegante
travelling circular con los dos protagonistas sentados, uno enfrente del otro,
la cámara los envuelve, los acaricia, (decía Godard que un travelling es
siempre una cuestión moral). A partir de ese momento, el plano / contraplano se
utiliza en momentos de conflicto y, en cambio, en los momentos románticos se
encuadra a los dos muy juntos, en el mismo plano.
Esta película tiene los mejores y más elegantes travellings
que se hayan visto en el cine desde hace mucho tiempo. Jordan filma con la
misma elegancia, los asesinatos, las persecuciones, las peleas o las escenas de
amor.
Hoy parece ser el día de Godard ya que me viene a la cabeza
otra de sus sentencias. Decía el maestro francés: “… el único problema del cine reside en saber por qué y cuándo empezar
un plano, y en por qué y cuándo cortarlo”. Algunos directores no lo
aprenden en toda su carrera, Neil Jordan lo sabe desde su primera película.
Hay muchas razones por las que Byzantium merece la pena,
además de lo dicho sobre su puesta en escena, podemos enumerar algunas: el
novedoso tratamiento del tema del vampirismo; las aportaciones a la iconografía
vampírica como por ejemplo el ritual de transformación, de una potencia visual
rara vez vista; el análisis social, incluido el papel de la mujer en la
sociedad; el tratamiento de la violencia; la delicadeza y sensibilidad con se
filman las muertes a manos de Eleanor, sobre todo la que intuimos a través de
un cristal que difumina y distorsiona la imagen; los hermosísimos flashbacks
que se introducen con elegancia y continuidad en la narración; la excelente
banda sonora de Javier Navarrete que incluye piezas clásicas maravillosas o la
bellísima canción de Etta James que acompaña al extraordinario travelling del
asesinato del proxeneta en la playa; la magnífica fotografía de Sean Bobbitt
con el rojo como leivmotiv, (la capucha de Eleanor que recuerda a la Caperucita
de “En compañía de lobos”, la sangre de Frank, la cascada…); y, sobre todo y
ante todo, el placer de asistir durante dos horas al desarrollo de una
excelente historia contada por un maestro en contar historias, Neil Jordan,
poesía en un mar de prosa, “que la paz
sea contigo, que la luz brille sobre ti”.
Con “Mandarinas”, (Zaza Urushadze, 2013), Estonia consiguió
su primera nominación al Oscar en el apartado de “Película de habla no
inglesa”. También estuvo nominada, en el mismo apartado, a los Globos de Oro.
El Oscar se lo llevó “Ida” y el Globo de Oro “Leviatán”.
Ivo es un anciano estonio que emigró a Georgia y se
estableció en la provincia de Abjasia. Es carpintero y vive en una casa situada
en medio de un bosque. Como vecinos tiene a otros compatriotas emigrados como
él. En 1992 la provincia de Abjasia se declara independiente y estalla la
guerra con Georgia. Los emigrantes estonios, deciden regresar a su país de
origen.
Uno de los vecinos de Ivo, Margus se queda ya que quiere
recoger la cosecha de mandarinas antes de partir hacia Estonia. Ivo se queda
para ayudarle, aunque sus verdaderos motivos no los sabremos hasta el final. En
este contexto, se produce un enfrentamiento, en las cercanías de su casa, en el
que mueren varios soldados y sólo sobreviven; un mercenario checheno musulmán
que lucha con los independentistas abjasos y un georgiano cristiano que lucha
con Georgia. Ivo acoge a ambos en su casa mientras se recuperan de sus heridas.
“Mandarinas” es una especie de
sinécdoque cinematográfica de la guerra, de cualquier guerra, una síntesis
representada con dos casas, un cobertizo-carpintería,
un bosque, las mandarinas y cuatro personajes.
Con estos elementos, Zaza Urushadze, realiza un emotivo alegato
anti-belicista enfrentando a sus personajes, y con ellos al espectador, a la
verdadera naturaleza de la guerra: el absurdo.
La película recupera el placer de contar una historia como
la hubiera contado Hemingway, con hechos y diálogos nítidos, omitiendo todo lo
superfluo, como en una crónica periodística, de forma sencilla y lineal, algo
cada vez más raro en el cine moderno, más preocupado por ser original o
sorprender que por contar lo que se quiere contar de la mejor manera posible.
La cinta destila verosimilitud; la casa, las habitaciones,
cómo están amuebladas, el fuego…, todo es verdad nada parece decorado. Este
realismo se refuerza porque se toma su tiempo para que veamos los gestos y las
acciones cotidianas de sus protagonistas; Ivo sacudiéndose el serrín antes de
entrar en la casa, lavándose las manos, cocinando o preparando el té, cortando
leña, serrando la madera. Vemos el vaho al respirar, cómo enciende un
cigarrillo, como sorbe la sopa o engulle el pan y el queso, y en fin…, cada
acción y cada gesto es un fragmento de autenticidad, de tal manera que creemos
que Ivo es un carpintero estonio emigrado, Ahmed un mercenario checheno, Niko
un miliciano georgiano, Margus un agricultor preocupado por su cosecha de mandarinas
y así todos, hasta el último extra sin frase.
El director presta especial atención al encuadre. Puertas y ventanas enmarcan a los personajes y les proporcionan luz natural, en muchos
casos lateral, que ayuda a dibujar los rostros y a intuir lo que hay debajo de
cada arruga y de cada mirada.
La preciosa fotografía tanto de interiores como de
exteriores, en el primer caso centrada en los rostros y en el segundo
aprovechando la paleta de verdes y marrones que ofrece el entorno y que se
rompe con el naranja de las mandarinas está también en el rango de realismo que
requiere la película.
La banda sonora acompaña la narración y es de una belleza
serena que estalla con la emotividad del final de la película, final al que
asistimos con los ojos empañados.
La película trasmite sobriedad, claridad, sinceridad,
honestidad, empatía y credibilidad. No hay muchas películas de las que se pueda
decir lo mismo.
Desgraciadamente, como decía Roger Ebert
en una de sus críticas: “…que la película
no haya sido más exitosa es una acusación a la impaciencia del público actual,
que prefiere ser asaltado y no seducido.”
“Mandarinas” es la dimensión humana de la guerra en
contraposición con las películas que hacen de la guerra un espectáculo. Cuando
Ivo, Magnus y Juhan, (el médico), empujan la furgoneta de los milicianos
georgianos por un barraco, Juhan dice: “Pensé
que iba a explotar”, a lo que Magnus contesta: “Estallan en el cine”, y, lacónico, Ivo sentencia: “El cine es un gran engaño”.