sábado, 30 de abril de 2016

Objetivo: Londres, (Babak Najafi, 2016)

In memoriam François Truffaut, crítico de cine


Se ha estrenado “Objetivo: Londres”… ¿Por qué?

miércoles, 27 de abril de 2016

Leer el cine: "El cine según Hitchcock"

Alfred Hitchcock, François Truffaut
Editorial: Alianza Editorial, 1974-2010 
Págs.: Edición 2010; 432 

 “El cine según Hitchcock” es un libro de culto entre los cinéfilos. Un libro sobre el llamado “Mago del suspense”, una personalidad única en el mundo del cine, uno de los primeros directores cuyo nombre aparecía antes del título de la película que en definitiva daba igual ya que era “una de Hitchcock”. Una personalidad genial que una vez dijo: «Nunca trabajes ni con niños, ni con animales ni con Charles Laughton». A finales de los años 60 François Truffaut, crítico francés de Cahiers du Cinéma y director de cine que por entonces había realizado ya unas cuantas películas, realiza una entrevista a Alfred Hitchcock, a lo largo de varios días en los Estudios Universal, con una duración total de más de 50 horas, una entrevista que acabaría siendo la más famosa de la Historia del Cine. En la citada entrevista, ambos directores recorren la filmografía del maestro inglés película a película. El libro es una auténtica delicia ya que se trata de una conversación entre dos cineastas apasionados por el cine. Truffaut sabe preguntar y Hitchcock no elude ningún tema y analiza sus películas con claridad y coherencia, con espíritu crítico y a la vez didáctico. Explica por qué hizo las cosas como las hizo, lo que hizo bien y sus errores (confiesa que fue un error, por ejemplo, el falso flashback de “Pánico en la escena” ya que dice que se puede jugar con el público pero nunca engañarle). 
El maestro acaba impartiendo una auténtica clase magistral sobre el cine. El formato de la entrevista, en orden cronológico, permite que el lector asista a un recorrido por la historia del cine y los sucesivos cambios que supuso el sonoro, el color, o el cinemascope, todo ello salpicado con comentarios sobre actores y actrices, anécdotas de los rodajes, o la manera de contar historias. Truffaut se interesa por todos los aspectos de cada una de las películas, desde cómo surgió la idea original, la elaboración del guion o las decisiones que Hitchcock tomó durante el rodaje, su concepción de la puesta en escena o el método para crear suspense en las películas. Desde su publicación, “El cine según Hitchcock” se ha reeditado docenas de veces en multitud de idiomas e incluso, en 2015, Kent Jones ha dirigido un documental titulado “Hitchcock / Truffaut” sobre su gestación e influencia posterior. En el documental aparecen famosos cineastas dando su opinión y explicando lo que supuso para ellos. En 1979, un año antes del fallecimiento de Hitchcock, el American Film Institute le rindió un homenaje en el que François Truffaut en su intervención dijo: «En América lo llamáis “Hitch”, en Francia lo llamamos “Sr. Hitchcock”».

lunes, 11 de abril de 2016

Dheepan, (Jacques Audiard, 2015)

Sobrevivir en Europa
Jacques Audiard, el director de cine francés, autor de excelentes películas como: “De latir mi corazón se ha parado” (2005), “Un profeta” (2009) y “De óxido y hueso” (2012), ha realizado, en 2015, “Dheepan”, una historia de refugiados que se hizo con la Palma de Oro en el Festival de Cannes presidido, en esta ocasión, por los hermanos Cohen.
Sri Lanka, la anteriormente llamada Ceilán, es una pequeña isla situada al sur de la India. En Sri Lanka se desarrolló una cruenta guerra civil que comenzó en 1983 y se prolongó, ante la indiferencia del mundo entero, hasta 2009, 26 años de guerra entre el ejército gubernamental y los llamados “Tigres Tamiles”, soldados de la etnia tamil.
La película nos sitúa al final de esta guerra. Dheepan, es un guerrillero tamil que ha perdido a todos sus compañeros en la última batalla de una contienda que también se llevó a toda su familia. En un campo de refugiados consigue que una mujer y una niña se hagan pasar por su familia y, con los pasaportes de una familia muerta, emigrará a Francia para comenzar una nueva vida.
Audiard estructura su película en tres actos, como en el teatro clásico. El primer acto, que se desarrolla en Sri Lanka, nos sirve para conocer a los protagonistas y su historia, la situación que han vivido y algunos apuntes sobre el carácter de cada uno. Todo esto lo hace Audiard con una economía de medios admirable y una eficacia comparable a la de los mejores directores del Hollywood de los años 40. El primer acto dura ¡6 minutos!
En el segundo acto vemos a los protagonistas intentando integrarse en el país que los ha acogido. El director se sirve de algunas escenas cotidianas, cortas pero eficaces, para presentarnos los problemas que les surgen; los conflictos escolares de la niña, la dificultad para encontrar un trabajo digno, las diferencias culturales y religiosas o el idioma que lejos de constituir una herramienta de comunicación se erige como una barrera, (imprescindible ver la película en versión original ya que una gran parte está rodada en tamil).
A partir de la mitad de la película y, desde luego en el tercer acto, asistimos a una especie de remake de “Perros de paja”, película dirigida, en 1971, por Sam Peckinpah.
Así pues, la primera parte de la película trata de las consecuencias de la guerra, la segunda de la “integración” de los refugiados y la tercera de la violencia.
Los protagonistas son actores no profesionales de etnia tamil y más específicamente, el protagonista masculino, Antonythasan Jesuthasan tiene una historia muy similar a la de Dheepan, él también fue un soldado tamil que llegó a Francia a finales de los años 80.
Toda la película está rodada desde el punto de vista de los tres protagonistas y su gran mérito, que lo es, por supuesto, de su director, y seguramente lo que influyó de forma decisiva en el jurado de Cannes es que la historia, la poderosa puesta en escena y las magníficas interpretaciones consiguen que nos pongamos en el lugar de estos tres refugiados, que, a pesar de las distancias culturales, religiosas, o de cualquier tipo, nos identifiquemos con ellos y que durante la mayor parte de la película, olvidemos que los actores están viviendo en una película y no en la vida real.
Me viene a la cabeza el inolvidable Atticus Finch, (Gregory Peck), de “Matar un ruiseñor”. En una maravillosa escena en la que mantiene un diálogo con su hija Scout, en el porche de su casa, Scout le cuenta sus problemas en su primer día de colegio y Aticcus le dice: “Si consigues aprender una sola cosa, te llevarás mucho mejor con todos tus semejantes. Nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista”.

En la Europa de las vallas y las concertinas, los gases lacrimógenos, las pelotas de goma y los niños ahogados en las playas, en la Europa de las deportaciones, en la Europa de la vergüenza…, bienvenida sea esta película sobre refugiados, una película excelente pero, sobre todo, necesaria, porque…, “je suis Dheepan”.

martes, 5 de abril de 2016

Leer el cine: "Nadie es perfecto"

Introducción          

  Hubo un tiempo en que el cine se veía pero también se leía.
            Internet y la extensa oferta audiovisual que nos asalta a diario lo ha cambiado todo; los espacios dedicados a libros de cine, en las librerías generales, han ido menguando hasta desaparecer y las librerías especializadas han ido cerrando una tras otra hasta quedar reducidas a unas pocas, en unas pocas ciudades. La oferta se limita, casi exclusivamente, a lo que las tiendas online nos ofrecen desde la frialdad catódica de sus escaparates.
            A pesar de todo, me he animado a publicar una serie de artículos con reseñas de libros de cine porque creo que el cine también se lee. 
Nadie es perfecto
Hellmuth Karasek, Billy Wilder
Editorial: Grijalbo, 1993 / Mondadori, 2001
Págs.: 468 / 504

-          Usted ha trabajado para muchos grandes directores…
-          No, no, yo sólo he trabajado para dos grandes directores, para Von Sternberg y para Billy Wilder.
Marlene Dietrich contestando a la pregunta de Peter Bogdanovich, en su libro “Picture Shows”.
            Billy Wilder (1906-2002), estuvo nominado al Oscar, doce veces como guionista y ocho veces como director. Lo ganó tres veces en el apartado de guion y dos en el de dirección. Es el autor de una veintena de obras memorables. Dirigió su última película en 1981.
Billy Wilder es uno de los guionistas más brillantes que ha dado el cine y uno de los directores más inteligentes de la historia. Ambas características, la brillantez y la inteligencia constituyen la base de este libro que recorre su vida y su obra. Wilder va salpicando el texto con anécdotas de rodaje, opiniones sobre actores y directores y, en fin, convirtiendo el libro en una auténtica crónica de la historia de Hollywood desde sus comienzos hasta casi nuestros días.
           
El libro no es una biografía en el sentido clásico del término. Se trata de una serie de conversaciones entre Billy Wilder y Hellmuth Karasek (guionista, comediógrafo y director del Instituto de Teatro de Hamburgo) que se complementan con algún material biográfico, reflexiones sobre el cine, su método de trabajo, etc.
Lo que hace del libro una lectura imprescindible para todos los que amamos el cine es la personalidad de Billy Wilder, un personaje agudo, ácido, sardónico y perspicaz que dota a esta biografía de una cualidad casi cinematográfica.
William Holden dijo que “su mente estaba llena de hojas de afeitar”.
Fernando Trueba, cuando recogió el Oscar por “Belle Époque” dijo: “Quisiera creer en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder. Gracias míster Wilder.”
Michel Hazanavicius, cuando recogió el Oscar porThe artist”, dijo: “Quiero dar las gracias a tres personas. Gracias a Billy Wilder, gracias a Billy Wilder y gracias a Billy Wilder”.
Ya hace tiempo que nos dejó Billy Wilder y nadie ha sido capaz de ocupar su lugar, nadie hace las películas como las hacía él.
“[…] nadie tiene su talento para acercarse a la verdad a través de la mentira” (Gregorio Belinchón, El País, Enero de 1994).
En el libro, Wilde, cuenta que una de las frases de Marilyn Monroe en “Con faldas y a lo loco” (Where is the Bourbon?) “tuve que filmarla ochenta veces” a lo que Hellmuth Karasek apostilla: “En la última entrevista, que había leído de él, habían sido 63 veces”.


Wilder tenía en su despacho un cartel en el que se podía leer: “¿Cómo lo haría Lubitsch”. En el cine, viendo una película, muchas veces me he preguntado: ¿Cómo la hubiera hecho Billy Wilder”.

miércoles, 2 de marzo de 2016

El maquinista de la General, (Buster Keaton, 1926)

La mejor comedia del cine mudo
¡Maldito febrero! Ha muerto Umberto Eco, filósofo, crítico literario, filólogo, experto en semiótica y escritor. Alcanzó la popularidad gracias a su novela “El nombre de la rosa” y su espléndida adaptación cinematográfica. Autor de una ingente obra, me gustaría recomendar dos tratados, uno sobre la belleza y otro sobre la fealdad, publicados en 2004 y 2011. El mismo día fallecía Harper Lee, escritora que se hizo famosa por la novela “Matar un ruiseñor”, publicada en 1960, ganadora del premio Pulitzer y que sería adaptada al cine, dos años más tarde, por Robert Mulligan con Gregory Peck en el papel de Atticus Finch. Pues bien, además de lo dicho, el día uno de este mes de febrero se cumplieron cincuenta años de la muerte de uno de los mayores genios que ha dado el cine en toda su historia: Buster Keaton. Artista a la altura de Chaplin, (hay quien opina que está por encima de él), fue ignorado por crítica y público durante más de treinta años hasta que en 1960 recibió un Óscar Honorífico y en 1965 se le reivindicó con una retrospectiva en el Festival de Venecia. Buster Keaton encadenó, en los años veinte, una serie de obras maestras que todo cinéfilo debería ver y estudiar. Entre toda su obra nombraré: “La ley de la hospitalidad”, (1923); “El moderno Sherlock Holmes”, (1924); “Siete ocasiones”, (1925); “El maquinista de la General”, (1926) y “El héroe del río”, (1928).
“El maquinista de la General” se inspira en un hecho real y cuenta la historia de Johnnie Gray, maquinista del ferrocarril, enamorado de Annabelle Lee y de su locomotora “General”. Nos encontramos en Georgia, al sur de Estados Unidos, en el año 1861, justo en el momento en que estalla la Guerra de Secesión. Durante una incursión de soldados del Norte, estos roban la locomotora de Johnnie Gray y de paso secuestran a su novia que estaba en el tren en ese momento. La película cuenta la persecución de Johnnie Gray, a bordo de una locomotora, hasta territorio enemigo para recuperar a su novia y más tarde la huida hacia el sur perseguidos por los soldados de la Unión. Todos los gags de la primera parte se repiten, amplificados e invertidos, en la segunda parte de tal manera que el público es presa de una sensación de anticipación cómica en un desarrollo de la narración que acaba trazando un arco dramático perfecto. «En el ritmo de los efectos cómicos -afirmó Keaton- debe haber una precisión matemática, y ese ritmo es una ciencia cuya responsabilidad incumbe enteramente al director; montándose una película con la misma precisión de un mecanismo de relojería». Este comentario de Keaton define su forma de ver la comedia, la rara perfección geométrica y matemática con que estructura los gags, su precisión y rigurosidad la aplica igualmente para conseguir que el ritmo del que habla vaya “in crescendo” asociando diferentes acciones con diferentes planos de forma consecutiva empezando por un plano general, luego un plano medio para terminar en un primer plano, cada uno de ellos con una duración perfectamente estudiada. En este caso, además, al narrar la película un viaje de ida y vuelta en tren, la puesta en escena está plagada de maravillosos travellings laterales y frontales que dinamizan el desarrollo de la acción. “El maquinista de la General” fue una de las películas más caras de su época. Se contrataron cientos de extras, se fabricaron locomotoras de la época y se prescindió de efectos especiales y maquetas.
Por otro lado Buster Keaton no utilizó dobles y rodó personalmente todas las escenas, algunas de ellas de una alta exigencia física y considerable riesgo para su integridad. El maquinista de la General fue votada como una de las diez mejores películas de la historia en las encuestas de Sight & Sound y en 1989, fue seleccionada para figurar entre los filmes dignos de conservarse en el United States National Film Registry. Buster Keaton, “Cara de palo” o “Pamplinas” cuyo rasgo distintivo era la inexpresividad de su rostro, expresaba sus emociones únicamente a través de sus ojos. Federico García Lorca escribió, en 1928, un guion cinematográfico surrealista dedicado a Keaton que tituló: “El paseo de Buster Keaton”. Así describe el poeta los ojos del cómico: “Infinitos y tristes, como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda… son de culo de vaso… de niño tonto… de avestruz… en el equilibrio seguro de la melancolía”

sábado, 13 de febrero de 2016

El caballo de Turín, (Béla Tarr, 2011)

Una obra maestra en treinta planos

Bela Tarr, el director húngaro de “El caballo de Turín”, (2011), ha declarado que se trata de su última película…, que no volverá a dirigir. Los amantes del cine tenemos la esperanza de que reconsidere su decisión.
El cine de Bela Tarr ha sido sistemáticamente ignorado por las distribuidoras y por tanto es prácticamente desconocido para el público. No es cine comercial ni que haga ningún tipo de concesión hacia el espectador. Se trata de un tipo de narración que renuncia al modo de representación convencional pero que ha creado auténticas obras de arte como: “El hombre de Londres” (2007), “La condena” (1988), “Las armonías de Werckmeister” (2000), o la inmensa “Satantango” (1994) una obra maestra de siete horas y media de duración.
“El caballo de Turín” se inspira en un episodio conocido de la vida del filósofo Friedrich Nietzsche. Al parecer, durante uno de sus paseos, se tropezó con un campesino que estaba fustigando a su caballo que se hallaba uncido a un carro del que, el campesino, exigía al jamelgo que tirara. Nietzsche se abrazó al cuello del caballo para impedir que el campesino le siguiera pegando. Después de este incidente, el filósofo no volvería a hablar en los siguientes 10 años, hasta el día de su muerte, con la única excepción de una frase que le dijo a su madre dos días después de su encuentro con aquel caballo: “¡Madre, soy idiota!).
La película comienza con la pantalla en negro y una voz que nos narra este episodio. A continuación el film arranca con uno de los planos-secuencia más bellos y desoladores de la historia del cine.
La cinta nos muestra la vida cotidiana del campesino, su hija y el caballo, aislados en una cabaña en medio de un páramo desértico azotado por un viento inmisericorde.
Bela Tarr divide los casi 150 minutos de duración de la película en seis días o seis capítulos, los mismos que la Biblia dice que tardó Dios en crear el mundo. El mismo Dios del que diría Nietzsche: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”.
A lo largo de los seis días asistimos a las rutinas domésticas de los protagonistas repetidas día tras día, sin apenas diálogos, en un maravilloso blanco y negro que potencia el hiperrealismo del entorno y en apenas 30 planos con una docena de planos-secuencia que deberían estar en un museo, al igual que toda la obra de Bela Tarr.
El director encuadra y reencuadra, utiliza el fuera de campo como nadie y renuncia al plano/contraplano en una puesta en escena que potencia el realismo descarnado de las acciones de los personajes. Importa mucho menos el argumento que la aproximación a estos personajes mediante la observación minuciosa, casi obsesiva de sus acciones y de sus gestos.
La banda sonora repetitiva compuesta por una pieza de órgano y cuerda, creación de un colaborador habitual del director, Mihály Vig constituye un elemento sustancial junto a la bellísima y dura fotografía en blanco y negro de otro colaborador habitual, Fred Keleman. Estos dos elementos junto con una puesta en escena cuyo pilar fundamental es el plano-secuencia confieren a las imágenes de “El caballo de Turín” una cualidad hipnótica absolutamente única.
Vivimos en un momento en el que el plano-secuencia (incluso el falso plano-secuencia) se asocia con la virtuosidad. Es decir, parece que todo plano-secuencia por el mero hecho de serlo es una maravilla y cuanto más dure, mejor es. Esta especie de moda me recuerda la irrupción del zoom en los años 60/70 que infectó a la mayoría de películas hechas en la época incluso por reconocidos directores de gran talento.
Dentro de algunos años, muchos de estos planos-secuencia nos chirriarán como nos chirrían ahora los disparatados zooms que se pusieron de moda en los años 60/70. En este sentido conviene citar al maestro Sir Alfred Hitchcock cuando se refería a su película “La soga” como un ejercicio ampuloso y falso por haberlo rodado en un único plano.
El plano-secuencia debe estar justificado, debe ser coherente con la narración, y, sobre todo, no debe imponerse a la historia sino ayudar a contarla.
El primer plano-secuencia de “El caballo de Turín” dura algo más de 4 minutos y acaba con un fundido en negro. El campesino protagonista de la cinta conduce un carro de madera tirado por un caballo a través de un paraje donde la bruma y el viento condicionan un entorno casi post-apocalíptico. La cámara en plano general y con un travelling lateral, de derecha a izquierda, sigue al carruaje, se acerca al hombre, luego al animal, luego se desplaza con elegancia hasta tomar al caballo desde un plano frontal, todavía en travelling y en contrapicado para alejarse después, otra vez en travelling lateral y plano general mientras el carro atraviesa una zona de bruma en la que apenas lo intuimos. El director nos presenta a tres de los protagonistas: el campesino, el caballo y el entorno hostil y nos dice que los tres son igual de importantes, y están unidos por el mismo destino inexorable.
Y justo aquí podemos apreciar la diferencia con tantos y tantos planos-secuencia de muchos directores que pueden estar perfectamente rodados pero no aportan nada a la narración.
Si el arranque es una maravilla, el final no lo es menos. La película termina con un plano medio, fijo, que se abre lentamente desde la pantalla en negro y encuadra a padre e hija sentados a la mesa. Un plano que transmite la soledad y la desesperanza de un mundo sin Dios. El plano se cierra, tres minutos después, con un elegantísimo fundido en negro. Un plano que es una obra de arte en sí mismo como muchos otros de la película y que deja sobrecogido al espectador con una sensación de angustia existencial difícil de explicar o de entender desde la comodidad de la butaca.

Una obra de arte, una obra maestra en treinta planos.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Nightcrawler, (Dan Gilroy, 2014)

Criaturas de la noche
“Nightcrawler” me parece una de las mejores y más interesantes películas que nos ha traído 2015.
Se trata del primer largometraje de su director, Dan Gilroy, un californiano de 56 años, casado con Rene Russo desde 1992. Gilroy había hecho algunos trabajos de guionista pero nunca había dirigido. En “Nightcrawler”, además, ha escrito el estupendo guion original que fue nominado al Oscar en el apartado de “Mejor guion original” y que acabaría ganando “Birdman”.
La película tiene dos lecturas; por un lado es una crítica durísima sobre la ética, o la falta de ella, de los medios de comunicación y por extensión sobre la ética, o la falta de ella, de nuestra sociedad que elabora productos deleznables desde un punto de vista moral pero que, desgraciadamente, son los más demandados por la población, los que suben los índices de audiencia en las televisiones.
La segunda lectura de la película se puede hacer tomando como referencia a su protagonista, Louis Bloom (Jake Gyllenhaal), un psicópata que encuentra en el mundo de los cazadores de sucesos y la venta de imágenes a la televisión un territorio ideal para desarrollar sus aptitudes. A lo largo de la película no se produce ninguna evolución del personaje pero el interés se mantiene en función de una pregunta: ¿Hasta dónde será capaz de llegar?
La película se sustenta en tres pilares:
-          El trabajo de Jake Gyllenhaal
-          El guion de Dan Gilroy
-          La fotografía de Robert Elswit
Louis Bloom es el protagonista absoluto de la película al que Gilroy rodea de personajes secundarios, hasta cierto punto, arquetípicos en el mundo del periodismo, y sobre todo de las cadenas de televisión estadounidenses donde la guerra por los índices de audiencia es despiadada. La interpretación de Jake Gyllenhaal es, posiblemente, la mejor que ha hecho hasta el momento (y las tiene muy buenas). No se limita únicamente a las expresiones del rostro sino que desarrolla un conjunto complejo de gestos y movimientos que dotan a su personaje de características tangibles que aportan verosimilitud al personaje. El actor camina, habla, gesticula, mira, grita o sonríe y es, inequívocamente, Louis Bloom por la gracia del cambio físico que experimenta Jake Gyllenhaal para insuflar de vida a su personaje. Me parece una injusticia que no fuera nominado al Óscar, un hecho más sangrante todavía teniendo en cuenta que Bradley Cooper sí estuvo nominado por “El francotirador”.
“Nigthcrawler” se construye sobre un excelente guion plagado de diálogos originales y potentes. Hasta tal punto son buenos que Jake Gyllenhaal ha confesado que los dijo palabra por palabra teniendo cuidado de no cambiar ni una coma. En muchas ocasiones, el protagonista recita párrafos extraídos de los cursos de gestión, de formación de emprendedores, de trabajo en equipo o de superación personal que las organizaciones lanzan sobre sus empleados con un empeño digno de mejor causa.
Rodada en su integridad en la ciudad de Los Ángeles y en su mayor parte de noche, la película se beneficia de un formidable trabajo de fotografía que firma Robert Elswit, el fotógrafo favorito de Paul Thomas Anderson que, con su cámara digital Arri Alexa, consigue captar a la perfección las luces de la noche y aporta, a la película, una rara cualidad estética que sirve de soporte a los abominables sucesos que acontecen en las entrañas de una ciudad sin alma y sin posibilidad de redención, poblada por miserables criaturas e infortunados personajes. En este sentido, hay que mencionar el final del film, a la vez sorprendente y desolador.
“Nightcrawler” es un crudo retrato sobre nosotros mismos que invita a reflexionar sobre la degradación de la sociedad y nuestra connivencia con ciertas prácticas, desprovistas de cualquier tipo de ética, que son las que colocan en los primeros lugares de los índices de audiencia a determinados formatos televisivos. Deberíamos ser conscientes de la responsabilidad que tenemos como consumidores de estos productos.

La famosa sentencia de Godard: “Todo travelling es una cuestión moral” estaba aludiendo a la responsabilidad del cineasta a la hora de decidir qué debía o no debía mostrar y cómo debía mostrarlo. Gilroy nos muestra las acciones de sus personajes sin emitir ningún juicio sobre ellos ni recrearse en lo abyecto de sus motivaciones, parece decirnos: “Estos son los hechos y suyas las conclusiones”.

sábado, 19 de diciembre de 2015

It Follows, (David Robert Mitchell, 2014)

«Tan buena…, que molesta que no sea genial»
Diciembre es el mes de las listas. Aunque soy de los que piensan que es muy injusto establecer un ranking en el mundo del arte o decidir si esta película es mejor o peor que otra, debo reconocer que… ¡me encantan las listas!
Así pues, he echado un vistazo a los estrenos del último año para elegir una película que reseñar de entre todas las que he visto.
Al final no he elegido “la mejor”, he elegido “la más interesante”.
"It Follows" es el segundo largometraje de su director David Robert Mitchell que también es el autor del guion. Es una película de terror.
El terror es el género cinematográfico en el que la puesta en escena y la música tienen más incidencia en el resultado final. El encuadre, los movimientos de cámara y los objetivos que se usan, el uso de la Steadycam, (te añoramos Kubrick), los puntos de vista, los ángulos y la duración de los planos, tienen una relevancia muy superior a la que tienen en cualquier otro género. Y lo mismo ocurre con la música.
Más allá de algunas interpretaciones que se han hecho de esta película; algunas acertadas, (aquellas que entienden la película como una metáfora de la transición de la adolescencia a la edad adulta), y otras disparatadas, (aquellas que dicen que es una diatriba conservadora sobre la práctica del sexo de forma “precoz” o incluso aquellas que la interpretan como una metáfora, una más, del SIDA), más allá, digo, de interpretaciones simbólicas lo que me parece más interesante es cómo está rodada y de qué forma influye la forma de rodar sobre el espectador.
La película tiene uno de los arranques más impactantes, efectivos y mejor rodados que se han visto en mucho tiempo.
Se trata de un plano general de larga duración, rodado a la altura de los ojos, que hace una panorámica de 360º sobre una urbanización típica americana donde vemos a una joven correr de un lado para otro vestida con ropa interior y zapatos de tacón.
La cámara sigue a la chica pero también hace una panorámica alrededor para que veamos lo que hay o lo que no hay…, o lo que no vemos nosotros.
Es una secuencia magistral que, además de situarnos en el escenario geográfico de la película, consigue transmitir al espectador una sensación de amenaza que se mantendrá durante todo el metraje. Este mismo movimiento de cámara se repetirá en varias ocasiones y el espectador, cada vez que comienza el movimiento de la cámara, evocará la misma sensación de amenaza que sintió la primera vez.
Hay tres aspectos más que me gustaría comentar. Por una parte el uso del punto de vista. En ocasiones “vemos” las acciones a través de la mirada de la protagonista y en otras ocasiones no. Este hecho permite al director jugar con lo que se ve y lo que no se ve, en definitiva lo que está y lo que no está, lo presente y lo ausente…, y establecer un clima de paranoia que afecta en diferente grado a los protagonistas y también al espectador que, a veces, no sabe si ha visto lo que parece que ha visto o no, o si lo que ha visto es real o no.
Por otra parte es de destacar el uso que se hace de la profundidad de campo, un uso absolutamente funcional. La amenaza, en ocasiones, la intuimos en un segundo plano y avanza hacia nosotros sin salirse de foco en ningún momento. Esta capacidad de centrar la atención del espectador mediante el foco y la profundidad de campo no es habitual en el cine de terror moderno.
Por último me gustaría llamar la atención sobre una de las mejores elipsis que he visto desde hace tiempo. Se trata de la escena en que la protagonista se quita la ropa, en la playa, para nadar hacia una barca en la que hay varios jóvenes.
Es necesario destacar la interpretación de Maika Monroe en su papel de Jay, que sabe dotar al personaje de esa sensación de impotencia y desesperación, de vulnerabilidad, de estar condenada a un destino inevitable, sin recurrir a los gritos e histrionismos a que nos tienen acostumbrados las heroínas adolescentes de las películas de terror.
Tomás Fernández Valentí se refiere a la protagonista como “la heroína descalza. Es cierto, este excelente crítico repara en este detalle; la protagonista huye, casi siempre, descalza lo que refuerza, en el espectador, el sentimiento de desvalimiento de Jay y facilita la empatía que sentimos hacia ella.
La música está compuesta por Disasterpeace, casi exclusivamente con sintetizadores, y es un ejemplo de cómo la música puede ser una parte muy importante de una película de terror sin limitarse a producir sustos.
Desgraciadamente la película tiene algunas inconsistencias de guion que aunque no son graves, impiden que la cinta sea una obra maestra absoluta.

            Quentin Tarantino ha dicho: 
«Tenía uno de los mejores argumentos que he visto en una película de terror desde hacía muchísimo tiempo. Es uno de esos filmes que es tan bueno, que molesta que no sea genial».

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El espíritu de la colmena, (Víctor Erice, 1973)

Esto no es una crítica
En la mayor parte de la crítica cinematográfica encontramos más información sobre el autor de la misma, y muchas veces sobre el tamaño de su ego, que sobre la película que se analiza.
No estoy en contra de este tipo de enfoque, (que es más opinión que análisis), pero tenemos que ser conscientes de que, por este camino, volvemos al siglo XIX, cuando la valoración de las obras de arte se hacía en función del “gusto” del crítico y por tanto se daba por sentado que los críticos eran personas con un gusto más desarrollado, exquisito, o que el público no tenía un gusto propio y había que “guiarlo” para que fuera capaz de apreciar los complejos cánones que regían la valoración de las obras de arte.
Por mi parte siempre intento incluir en mis escritos más elementos de análisis que de opinión pero, hoy es distinto ya que…, “esto no es una crítica”.
Todas las semanas procuro revisar alguna de las grandes películas que nos ha dado el cine y cada cierto tiempo vuelvo a aquellas que considero que son la medida de todas. Aquellas que me sirven para calibrar el sentido cinematográfico, si es que algo así existe, películas-diapasón que son puro cine y por tanto todas las demás se miden teniéndolas como referencia.
Hago esto para no perder la perspectiva con respecto a las películas que se van estrenando de tal manera que películas mediocres me acaban pareciendo excelentes, seguramente, debido a que las 20 anteriores que he visto eran muy malas.
Una de las películas a las que recurro más a menudo es “El espíritu de la colmena” (1973). Dirigida por Víctor Erice, coescrita con Ángel Fernández Santos, con la maravillosa fotografía de Luis Cuadrado y protagonizada de forma mágica por Ana Torrent cuando tenía siete años.
Víctor Erice ha dirigido, en cuarenta y dos años, algún “sketch” una película y media (la media película es “El sur”), y un documental (“El sol del membrillo”). Todas ellas, obras maestras. Víctor Erice es la perfecta definición de un genio.
Sobre “El espíritu de la colmena” se ha escrito y dicho todo lo que hay que decir. Se han hecho estudios universitarios, desmenuzado cada escena y cada plano, se han escrito libros, se han desarrollado teorías sobre su simbolismo o sobre su meta-texto. Se ha analizado desde el punto de vista de la filosofía, la sociología, la política, la semiótica, las bellas artes y, desde luego, la teoría cinematográfica.
No voy a intentar aportar algo nuevo. Por una vez, permítame el lector que, simplemente, exprese mi sentimiento de admiración por una película que supuso para mí un antes y un después en mi manera de ver el cine.
«… Dice Víctor Erice que el mejor cine que ha filmado está encerrado en unos pocos segundos, los de una toma, luego dividida en dos planos por el montaje. Es aquella que atrapa en vivo la reacción espontánea de la niña Ana Torrent cuando contempló por primera vez la escena del “Frankenstein”·de James Whale que desencadena la fábula del filme. Es un primer plano no previsto en la escritura del guion ni más tarde provocado o sugerido por la preparación de la filmación. […] La cámara se topó de bruces con algo que no esperaba, una de las más puras erupciones del milagro del asombro de que hay noticia, la que expulsó, con la elocuencia de sus ojos enormes absortos y boquiabiertos, de su turbación ante lo que veía en la pantalla la niña Ana. […]Luis Cuadrado disparó la cámara y atrapó al vuelo uno de los más hermosos instantes del cine, hecho con un brote de realidad robada a la vida.» (Ángel Fernández Santos; El País, Agosto de 1983).
Hay más verdad y más cine en ese plano de Ana que en todas las películas que he visto antes y después.
Hay películas que le dan la razón a Baudelaire y su opinión sobre la crítica: “Para ser justa, es decir, para tener su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada, política; esto es: debe adoptar un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista exclusivo que abra al máximo los horizontes” (Charles Baudelaire, Salones de 1846).

Soy consciente de la contradicción entre lo que dije al principio y lo que pensaba Baudelaire pero claro…, “esto no es una crítica”…, es una declaración de amor.

lunes, 2 de noviembre de 2015

The Assassin, (Hou Hsiao-Hsien, 2015)

El crisantemo y la espada
“The assassin”, la última realización del director taiwanés Hou Hsiao-Hsien, obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes de este año y es, en mi opinión, una obra maestra diga lo que diga Carlos Boyero en El País o escriba lo que escriba Oti Rodríguez Marchante en ABC.
La película comienza con un prólogo en blanco y negro, en formato de pantalla casi cuadrada, en el que se presenta al personaje protagonista para convertirse, a los pocos minutos, en una explosión de color, en formato panorámico.
Ambientada en China, en el siglo IX, narra la historia de Nie Yinniang que en su niñez fue entregada al cuidado de una monja perteneciente a una Orden cuya misión es adiestrar asesinas. Convertida en una experta en artes marciales, y dotada de extraordinarias habilidades para el asesinato, se le ordena que regrese a su antiguo hogar para matar a su primo, gobernador disidente de Weibo, una de las provincias de China.
Hay un tipo de cine asiático que hunde sus raíces en la cultura tradicional y que es muy difícil de valorar o disfrutar si nos atenemos a los cánones occidentales por los que, habitualmente, juzgamos el cine que vemos.
Esta disquisición es muy oportuna para aproximarnos al cine de Hou Hsiao-Hsien, un cine que arrastra la tradición de la ópera china, de su poesía tradicional y, sobre todo, de su pintura. 
Lo que se ha dado en llamar el “modo de representación”, es decir los códigos que utilizamos para representar una historia, es diferente en el caso de este director que utiliza un “modo de representación oriental”.
El director taiwanés tiene como referente principal el cine de Yasujiro Ozu. En alguna ocasión ha dicho que admira su rigor formal y el trasfondo filosófico de su obra.
Al igual que Ozu, Hou considera que los escenarios constituyen un elemento digno de contemplación y se integran con los personajes que entran y salen de ellos, «… lo que busco no es tanto que los espectadores comprendan ‘lo que ocurre’, como comunicar una atmósfera». Así pues, es coherente que para asegurarse de que espacio y personaje estén perfectamente integrados, las escenas se rueden en tomas largas y encuadres amplios, sin utilizar el plano/contraplano y con la ausencia casi total de primeros planos, es decir el tipo de puesta en escena que utilizaba Ozu.
La diferencia es que en Hou el plano no es fijo como lo era en Ozu, la cámara se desplaza como flotando por el escenario, corrigiendo y re-encuadrando, capturando a los personajes pero manteniéndose a distancia, de una manera serena y reflexiva, contemplativa, no intrusiva, una mirada que observa pero no juzga.
Hou mantiene el plano hasta el límite de lo soportable. Su duración supera ampliamente a todo lo rodado en Occidente e incluso supera a los de Kenji Mizoguchi (1898-1956), extraordinario director japonés uno de cuyos rasgos distintivos era la duración de los planos.
Además de los aspectos comentados hay otras soluciones de puesta en escena, habituales en el cine de Hou Hsiao-Hsien, que configuran la identidad cinematográfica de este director: las elipsis, el fuera de campo, los planos vacíos que puntúan el film, los pillow shot, los planos entre cortinas y velos que distorsionan la luz de las velas, las transiciones sonoras con fundidos a negro, etc.
Hou encuadra al milímetro lo que quiere que aparezca en pantalla y lo ilumina y fotografía de tal manera que el espectador asiste maravillado a una sucesión de planos que son, por sí mismos, auténticas obras de arte.
Las imágenes se acompañan con una magnífica banda sonora que incluye no sólo música tradicional sino también sonidos que enriquecen la narración: el rumor del viento entre las hojas, el canto de los pájaros, o el sonido seco de los golpes, de los cuchillos o de las espadas en una cinta en la que, por cierto, no vemos una gota de sangre a pesar de que ocurren unas cuantas muertes.

Para terminar, hay que hacer mención a la poderosa presencia de la actriz protagonista Shu Qi que recuerda a esos personajes, revestidos de aliento épico, de los westerns del maestro John Ford con el que el cine de Hou Hsiao-Hsien tiene mucho en común, de hecho el último plano de la película, sobre el que se sobre-impresionan los créditos finales, es un plano característico del western que bien podría haber firmado John Ford.

martes, 6 de octubre de 2015

Byzantium, (Neil Jordan, 2012)

Contar historias que no se pueden contar
Con “Byzantium” (2012) Neil Jordan vuelve al tema del vampirismo dieciocho años después de dirigir “Entrevista con el vampiro” (1994). El film adapta una obra de teatro titulada “A vampire story” cuya autora, Moira Buffini, ha escrito, también, el guion para la película.
Director irlandés nacido en 1950, Jordan, es un caso atípico dentro del panorama actual del cine. Realizador irregular y que ha incurrido en algunas equivocaciones, a pesar de todo, es uno de los talentos más interesantes y personales del cine que ha conseguido mantenerse fiel a sí mismo, a pesar de la presión de la industria y de la crítica, y nos ha dado algunas películas magníficas como: “En compañía de lobos” (1984), “Mona Lisa” (1986), “Amor a una extraña” (1991), “Juego de lágrimas” (1992), “Entrevista con el vampiro” (1994), “Michael Collins” (1996), “El buen ladrón” (2002) y “La extraña que hay en ti” (2007).

Neil Jordan, cuyo talento está a la altura de otros directores de su generación como David Lynch o David Cronenberg, ha sido injustamente olvidado o menospreciado por crítica y público.
He leído, hace poco, un artículo de Tomás Fernández Valenti que hablaba sobre “Los otros” y que decía (a mi entender con gran perspicacia) que Amenábar hacía buenos productos pero no buenas películas. Es posible que a Neil Jordan le pase lo contrario y de ahí el ostracismo al que se ve sometido.
El cine de Neil Jordan se mueve entre el naturalismo y lo fantástico en una suerte de “realismo mágico” que parece de otro tiempo y otro lugar. Lo mismo que les sucede a las dos protagonistas de Byzantium.
Byzantium cuenta la historia de Eleanor y Clara, (Saoirse Ronan y Gemma Arterton), dos vampiresas de 200 años de existencia. La narración transcurre en la época actual e intercala algunos flashbacks que se desarrollan a principios del siglo XIX.
Desde la primera secuencia se crea la atmósfera y el tono de toda la película: partiendo de la pantalla en negro la imagen se va iluminando conforme la cámara avanza por un pasillo hasta entrar en una habitación en la que Eleanor escribe un diario mientras su voz en off nos sumerge en una historia de amor, sangre e inmortalidad: “Mi historia no puede ser contada. La escribo una y otra vez donde quiera que encontremos refugio, escribo sobre lo que no puedo hablar, la verdad. Escribo todo lo que sé de ella y luego lanzó las páginas al viento. Tal vez los pájaros puedan leerla”.
La película terminará con un fundido a negro y la voz en off de Eleanor: “Soy Eleanor Webb, lanzo mi historia al viento y nunca volveré a contarla. Empieza otra”. Se cierra, así, de manera circular y bellísima una película inolvidable.
La exquisita puesta en escena es utilizada para ayudar a contar la historia en lugar de usarla para construir un producto comercial que consiga el favor del público por la vía de la sorpresa o la espectacularidad.
Como ejemplo basta observar cómo filma la relación entre Eleanor y Frank (Caleb Landry Jones).
Al principio, cuando se están conociendo, los filma en plano / contraplano y cuando aparecen los dos en el mismo plano uno aparece en foco y el otro desenfocado o uno sentado y el otro de pie. En la escena que supondrá un cambio en la relación de los dos, la cámara hace un elegante travelling circular con los dos protagonistas sentados, uno enfrente del otro, la cámara los envuelve, los acaricia, (decía Godard que un travelling es siempre una cuestión moral). A partir de ese momento, el plano / contraplano se utiliza en momentos de conflicto y, en cambio, en los momentos románticos se encuadra a los dos muy juntos, en el mismo plano.
Esta película tiene los mejores y más elegantes travellings que se hayan visto en el cine desde hace mucho tiempo. Jordan filma con la misma elegancia, los asesinatos, las persecuciones, las peleas o las escenas de amor.
Hoy parece ser el día de Godard ya que me viene a la cabeza otra de sus sentencias. Decía el maestro francés: “… el único problema del cine reside en saber por qué y cuándo empezar un plano, y en por qué y cuándo cortarlo”. Algunos directores no lo aprenden en toda su carrera, Neil Jordan lo sabe desde su primera película.

Hay muchas razones por las que Byzantium merece la pena, además de lo dicho sobre su puesta en escena, podemos enumerar algunas: el novedoso tratamiento del tema del vampirismo; las aportaciones a la iconografía vampírica como por ejemplo el ritual de transformación, de una potencia visual rara vez vista; el análisis social, incluido el papel de la mujer en la sociedad; el tratamiento de la violencia; la delicadeza y sensibilidad con se filman las muertes a manos de Eleanor, sobre todo la que intuimos a través de un cristal que difumina y distorsiona la imagen; los hermosísimos flashbacks que se introducen con elegancia y continuidad en la narración; la excelente banda sonora de Javier Navarrete que incluye piezas clásicas maravillosas o la bellísima canción de Etta James que acompaña al extraordinario travelling del asesinato del proxeneta en la playa; la magnífica fotografía de Sean Bobbitt con el rojo como leivmotiv, (la capucha de Eleanor que recuerda a la Caperucita de “En compañía de lobos”, la sangre de Frank, la cascada…); y, sobre todo y ante todo, el placer de asistir durante dos horas al desarrollo de una excelente historia contada por un maestro en contar historias, Neil Jordan, poesía en un mar de prosa, “que la paz sea contigo, que la luz brille sobre ti”

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mandarinas, (Zaza Urushadze, 2013)

Con “Mandarinas”, (Zaza Urushadze, 2013), Estonia consiguió su primera nominación al Oscar en el apartado de “Película de habla no inglesa”. También estuvo nominada, en el mismo apartado, a los Globos de Oro. El Oscar se lo llevó “Ida” y el Globo de Oro “Leviatán”.
Ivo es un anciano estonio que emigró a Georgia y se estableció en la provincia de Abjasia. Es carpintero y vive en una casa situada en medio de un bosque. Como vecinos tiene a otros compatriotas emigrados como él. En 1992 la provincia de Abjasia se declara independiente y estalla la guerra con Georgia. Los emigrantes estonios, deciden regresar a su país de origen.
Uno de los vecinos de Ivo, Margus se queda ya que quiere recoger la cosecha de mandarinas antes de partir hacia Estonia. Ivo se queda para ayudarle, aunque sus verdaderos motivos no los sabremos hasta el final. En este contexto, se produce un enfrentamiento, en las cercanías de su casa, en el que mueren varios soldados y sólo sobreviven; un mercenario checheno musulmán que lucha con los independentistas abjasos y un georgiano cristiano que lucha con Georgia. Ivo acoge a ambos en su casa mientras se recuperan de sus heridas.
“Mandarinas” es una especie de sinécdoque cinematográfica de la guerra, de cualquier guerra, una síntesis representada con dos casas, un cobertizo-carpintería, un bosque, las mandarinas y cuatro personajes.
Con estos elementos, Zaza Urushadze, realiza un emotivo alegato anti-belicista enfrentando a sus personajes, y con ellos al espectador, a la verdadera naturaleza de la guerra: el absurdo.
La película recupera el placer de contar una historia como la hubiera contado Hemingway, con hechos y diálogos nítidos, omitiendo todo lo superfluo, como en una crónica periodística, de forma sencilla y lineal, algo cada vez más raro en el cine moderno, más preocupado por ser original o sorprender que por contar lo que se quiere contar de la mejor manera posible.
La cinta destila verosimilitud; la casa, las habitaciones, cómo están amuebladas, el fuego…, todo es verdad nada parece decorado. Este realismo se refuerza porque se toma su tiempo para que veamos los gestos y las acciones cotidianas de sus protagonistas; Ivo sacudiéndose el serrín antes de entrar en la casa, lavándose las manos, cocinando o preparando el té, cortando leña, serrando la madera. Vemos el vaho al respirar, cómo enciende un cigarrillo, como sorbe la sopa o engulle el pan y el queso, y en fin…, cada acción y cada gesto es un fragmento de autenticidad, de tal manera que creemos que Ivo es un carpintero estonio emigrado, Ahmed un mercenario checheno, Niko un miliciano georgiano, Margus un agricultor preocupado por su cosecha de mandarinas y así todos, hasta el último extra sin frase.
El director presta especial atención al encuadre. Puertas y ventanas enmarcan a los personajes y les proporcionan luz natural, en muchos casos lateral, que ayuda a dibujar los rostros y a intuir lo que hay debajo de cada arruga y de cada mirada.
La preciosa fotografía tanto de interiores como de exteriores, en el primer caso centrada en los rostros y en el segundo aprovechando la paleta de verdes y marrones que ofrece el entorno y que se rompe con el naranja de las mandarinas está también en el rango de realismo que requiere la película.
La banda sonora acompaña la narración y es de una belleza serena que estalla con la emotividad del final de la película, final al que asistimos con los ojos empañados.
La película trasmite sobriedad, claridad, sinceridad, honestidad, empatía y credibilidad. No hay muchas películas de las que se pueda decir lo mismo.
Desgraciadamente, como decía Roger Ebert en una de sus críticas: “…que la película no haya sido más exitosa es una acusación a la impaciencia del público actual, que prefiere ser asaltado y no seducido.”

“Mandarinas” es la dimensión humana de la guerra en contraposición con las películas que hacen de la guerra un espectáculo. Cuando Ivo, Magnus y Juhan, (el médico), empujan la furgoneta de los milicianos georgianos por un barraco, Juhan dice: “Pensé que iba a explotar”, a lo que Magnus contesta: “Estallan en el cine”, y, lacónico, Ivo sentencia: “El cine es un gran engaño”.