Después
de leer los tres libros que componen la trilogía Millennium y ver las tres
películas suecas que se hicieron sobre los libros, acabé un poco harto.
Pues
mira por donde, todavía no se me había pasado el atracón cuando David Fincher,
nada menos, se decide a dirigir la versión americana del primer libro.
Hacer
un remake tan pronto, cuando todavía la historia la tenemos fresca en la
memoria y nos acordamos perfectamente de sus protagonistas, de los sucesos, y
por supuesto del final parece un tanto descabellado.
Si
el motivo de una película, o una historia, es la investigación de un caso con
el consiguiente descubrimiento del culpable y el esclarecimiento de la verdad,
y esa historia la conocemos al detalle después de los libros y las películas,
los alicientes para ver una nueva versión que va a tener la misma historia, las
mismas escenas y el mismo desenlace no parece el mejor presupuesto para ponerse
dos horas y media delante de una pantalla.
Todo
lo anterior puede quitarle el interés a más de uno, y lo entendería, pero quiero
decir que comparar la película de Fincher con los libros o con las películas
suecas es como comparar a Dios con un francés y que la película interesa, y mucho, a pesar de todo lo dicho. El cine, el buen cine hace eso posible.
